sábado, 10 de diciembre de 2011
Capítulo 6.
Sonó el timbre. El corazón me empezó a latir aún más rápido. Me podía dar un infarto en cualquier momento. Dejé el salón atrás y me dirigí hacia la puerta. Temblando, comencé a hablar.
-¿Quién es?
-Soy yo, Rupert.
-¡Ah! ¡Pasa, pasa!- Grité, haciéndome la tonta.
Ahí estaba él. La chaqueta de cuero colgada al hombro, Converse rojas desgastadas, pitillos negros, canuto en la boca y una camiseta blanca con el típico mensaje de "Sex, drugs and Rock & Roll".
-Por lo que veo, no eres tú muy friolero, ¿eh?- Dije irónicamente.
-Pues ya lo ves, guapa. Yo soy de frío, y mi cuerpo está bien a gusto con la elección.
Y cerró la puerta con fuerza.
Su mano derecha sujetada unos cuantos vinilos de grupos de Rock, lo cual no me parecía nada raro.
-Bueno, ¿qué quieres que hagamos, una vez en mi casa?
-A mí me da lo mismo. Me he traído unos vinilos, por si tienes tocadiscos y quieres escuchar buena música un rato.
-Pues vamos al salón.
Una vez allí, pude observar una belleza de la que, hasta ahora, había pasado desapercibida. Todo estaba lleno de estantes con libros y discos, y los muebles... Los muebles eran una verdadera preciosidad. Rupert me debería de haber dado suerte.
-Y bien, ¿qué disco me vas a poner?
-No sé... ¿Chuck Berry?
-Venga, que así me olvido un poco de este mundo.
Saqué el primer vinilo que vi de Berry y puse, instintivamente, Johnny B Goode.
-¿Era ésta la que querías escuchar?- Dije gritando para oírse mi voz entre ese chaparrón de notas.
-Era la que quería verte bailar.- Respondió con un tono desafiante.
-¿Perdona? Ah, no. Yo sí que no bailo. Y menos sin nadie.
-Pues bailemos.
Me quedé... petrificada. Ni sabía qué responder, ni qué hacer, ni siquiera lo que estaba sintiendo. Pero un escalofrío, o algo semejante, envolvió mi cuerpo.
-¡Venga! ¿A qué esperas? ¿No quieres bailar conmigo?- Me insinuó mientras se lamía dos dedos y apagaba el canuto.
-S... sí, pero me da mucha vergüenza.
-¿Por qué? ¡Vamos, que no te voy a evaluar la coreografía!
Tras resistirme un par de veces, me dí por vencida. Así que le cogí la mano e hicimos del salón una pista de baile.
Nos movíamos al son de una música perfecta, ignorando la tristeza que mostraban las nubes y la oscuridad de la propia habitación. Mi padre estaba en algún lugar, y mi madre... mi madre podría estar con él. Pero no quería pensar en nada de eso, pues en ese momento era realmente feliz, y gozar de la felicidad, para mí, se había convertido en un milagro. Rupert mantenía su sonrisa y su preciosa boca intactas, y bailaba cogido de mi mano al mismo ritmo que yo. Supongo que no se imaginaría lo que ahora se estaba paseando dentro de mi cabeza.
Me soltó la mano. Se acercó al tocadiscos, y apagó el equipo de música. Mi cuerpo y mi corazón se pararon. ¿Qué demonios estaba haciendo? Se supone que lo estábamos pasando genial y... va y quita la música. Nada más terminar con Chuck Berry, se sentó exhausto en el sofá. Y se dejó caer en una inmensa tristeza. Todo cuanto parecía envolver su alma se había esfumado en un instante. Y el cambio había sido imperceptible, hasta ahora. Permanecía triste, con la mirada perdida, intentando no recordar, en vano. Y yo no sabía qué hacer. Permanecía en mi sitio, inmóvil, intentando dar alguna explicación a lo que estaba pasando, consiguiendo sólo preocuparme aún más.
Ahora sí que se podía percibir la oscuridad y la tristeza de todo lugar que nuestros ojos alcanzaban ver.
-¿Qué... qué te pasa?
Rupert no se inmutaba. Parecía como si se hubiera aislado del mundo con sus pensamientos y su melancolía. Comenzó a llorar. Yo no daba crédito a lo que veía. El chico "perfecto", por así decirlo, derrumbado en uno de los momentos más felices que podía vivir. Y llorando. Creo que nunca unas lágrimas me conmocionaron de esa forma. Me vi completamente afectada por su tristeza, impotente, también, por no saber qué hacer.
-De verdad... Dime qué te pasa. Te he conocido hoy y no soporto verte así. Será por algo.
-Déjalo, tú no puedes hacer nada.
-Eso no lo sé, porque no sé qué te pasa. Pero seguro que sí te puedo sacar una sonrisa. Y estoy dispuesta a intentarlo.
-Gracias, pero no creo que consigas lo más mínimo.
-Déjame, por lo menos, intentarlo.
-Adelante. Ah, por cierto, no soy partidario de que lo intentes con el sexo, que conozco a bastantes chicas que es lo único que saben hacer.
-Tranquilo, no soy como ellas. Ya sabes que siempre he sido diferente, por suerte, creo.
martes, 1 de noviembre de 2011
Capítulo 5.
Volvía a casa. La imagen de aquel chico se me había ido de la cabeza, y
no paraba de darle vueltas a todo lo que había visto en aquel bar. Mis padres
hablando, sin inmutarse. ¿Por qué no me habían avisado? ¿No se supone que no se
querían ver las caras? No paraba de decirme preguntas como esas. Lo único
que sabía -fue una pequeña deducción- era que el dejarme de escribir mi madre
tenía que ver con su estancia actual en Londres. Pero no conseguía rellenar todos
aquellos huecos que habían quedado en blanco.
El frío dominaba en cada esquina, y el único ruido provenía de los bares, como siempre. Los guantes de cuero no me aislaban del frío, y mis dedos se estaban empezando a convertir en cubitos de hielo deformes. Las hojas crujían al son de mis pasos. El Sol, tan apagado como siempre. Y yo, tan apagada como el Sol. Las dudas me estaban comiendo la cabeza, y ya no tenía tiempo ni para soñar. Andaba de forma instintiva, como si recorriera ese camino todos los días; mis piernas se movían solas. Sin embargo, mi cabeza estaba sumergida en una nube de preguntas, y no conseguía hallar la forma de quedarme en tierra.
No encontraba las llaves. Creía que las tenía en uno de los miles de bolsillos interiores de la gabardina, pero no. Ahí estaba yo: Sentada en la puerta de mi casa, muerta de frío, esperando a que llegara mi padre (o mis padres, a saber), tras una borrachera, e intentara torpemente encontrar las llaves de casa y abrir, por fin, la puerta. Con más frío que desesperación en el cuerpo, mire debajo del celpudo.
-¡Bien!- Grité.
Ahí estaban. Escondidas. Me hice con ellas y abrí la puerta. Por fin. En casa. Lo único que no había cambiado era el silencio. Dejé las cosas en un sitio cualquiera y me dirigí corriendo a mi cuarto. Encendí el ordenador. Necesitaba escribir un poco y mirar el correo. Me llené de intriga al ver que el único mensaje sin abrir que tenía era de mi madre.
De: Marie Larkin
Para: Rachel Larkin
Asunto: ¡Perdona por no escribirte!
Querida Rachel:
-Sé que he estado mucho tiempo sin escribirte. Y lo siento, de verdad, pero tu madre ha estado muy ocupada.He tenido que hacer muchos asuntos de trabajo, y no he tenido tiempo para ver el correo. Espero que me comprendas.
Te quiero, escríbeme: Mamá.
Furiosa tras ver la hipocresía de mi propia madre, no tarde en darle a la tecla responder y comenzar a escribir un nuevo correo.
De: Rachel Larkin
Para: Marie Larkin
Asunto: ¿¡Qué te pasa!?
Mamá:
¿Se puede saber por qué has estado tanto tiempo sin escribir? Ya, vale, motivos de trabajo, sí. Pero pido una explicación más concreta, que a mis casi 16 años creo que tengo suficiente cabeza como para entender las cosas. ¡Me has tenido muy preocupada!
Por cierto, quería comentarte una cosa sobre papá. Sé que no os habláis pero... igualmente es mi padre, y me veo con la necesidad de contártelo. Últimamente va mucho a un bar del barrio, y siempre regresa borracho. Me tiene hundida, de verdad. ¡Antes no era así! ¿Qué le ha pasado? He querido hablar con él, pero no me deja decirle nada, siempre me mete esos rollos de "soy mayor y hago lo que me da la gana, es mi vida, tú no mandas en ella..." y se mete en su burbuja de alcohol... Mamá, no sé qué hacer, pero quiero que papá vuelva a ser el mismo.
Otra cosa, ¿cuándo te vas a pasar por Londres? ¡Quiero verte!
Te echo mucho de menos, escribe: Rachel.
Y pulsé enviar. Al empezar a escribir la carta supe que sería mejor hacerse un poco la tonta respecto a lo ocurrido en ese bar, e ir descubriendo la verdad "por mi cuenta".
Por otro lado, tenía que planificar qué quería hacer durante mi cumpleaños, pues apenas quedaban unos días y sólo sabía que iba a quedar con Rupert. Quería que todo saliera perfecto, aunque la perfección no exista. Quería poder olvidarme de todo, de todo menos de él, aunque fuera sólo por un día. Quería poder disfrutar de mí, vivir cada segundo sin tener que esperar que pase algo, quería ser libre, feliz como una niña pequeña. Quería regresar a esos amoríos típicos de los niños pequeños, en los cuales no importa nada más que esas miradas, y esos besos vergonzosos y sinceros. Y todo eso en un sólo día. ¿No sería mucho? ¿Estaba pidiendo cosas que jamás podría tener, al menos a la vez? ¿Qué pensaría Rupert de todo esto? Era la primera persona en mi vida que me inspiraba amistad y confianza desde el primer instante. Y ahora era algo que necesitaba mucho.
Por otra parte estaba aquel señor, y aquella casa que visité. Algo me decía que debía ir allí, pero no sabía ni cómo ni por qué. Ese señor me dio una tímida confianza que no la conseguiría con cualquier persona, aunque también miedo. Miedo a tener una apariencia falsa respecto a quien pudiera ser en realidad.
De repente me acordé de que en uno de los papeles que ojeé mientras los recogía del suelo cuando éstos se le cayeron a Robert había escritos un número de teléfono y una dirección de correo electrónico. Deduje que la dirección tenía que ser de él, pues contenía información que me permitía saber de quién era, como por ejemplo su nombre, y su año de nacimiento. O por lo menos ponía 1992.
-18 años... Morrudo.- Suspiré dándome cuenta de la suerte que tenía aquel chico.
Decidí agregarle a mi lista de contactos, teniendo la esperanza de no equivocarme.
Del número de móvil apenas me acordaba, así que preferí no hacer inventos por si las moscas. Al minuto, me salió una ventana de alguien que me saludaba. En cuanto supe de quién se trataba no tardé en contestar.
-¡Hola! ¿Cómo tienes mi correo electrónico?
-Bueno, cuando se te cayeron las hojas al suelo ojeé una de ellas y... al verlo deduje que eras tú. Así que, como has podido ver, te he agregado. Perdona por ser tan cotilla.
-¡No pasa nada, mujer! Bueno, ¿qué tal el día?
-Bien, aunque un poco aburrido. ¿Y el tuyo?
-Muy ajetreado, he ido a llevar mi currículo a un sitio, me he perdido... Estoy muy cansado.
-Pues yo también, aunque psicológicamente. ¿Sabes? Me gustaría verte, y hablar contigo, pero en persona, claro está.
-Pues por mí no hay problema, encantado. ¿Dónde nos vemos? A, perdona. Voy a buscarte a tu casa, ¿no?
-Sí, mejor, que ya te dije que no me manejo por Londres. ¿Te apetece que nos quedemos dentro?
-Sí, por favor, que fuera hace mucho frío.
-Bueno, pues... ¿Vienes ya?
-Sí, ahora mismo.
-Aquí te espero, guapo.
-Venga, hasta ahora, un beso, tardo cinco minutos, Rachel.
-Adiós, besos.
Cerré el correo. Estaba ansiosa. Ese chico me había quitado por completo la imagen de aquel profesor, y en un momento. Él y yo solos. Iba a ser genial. Así que apagué el ordenador y fui al salón, donde me dediqué a esperar esos cinco minutos hasta que Rupert llegara.
El frío dominaba en cada esquina, y el único ruido provenía de los bares, como siempre. Los guantes de cuero no me aislaban del frío, y mis dedos se estaban empezando a convertir en cubitos de hielo deformes. Las hojas crujían al son de mis pasos. El Sol, tan apagado como siempre. Y yo, tan apagada como el Sol. Las dudas me estaban comiendo la cabeza, y ya no tenía tiempo ni para soñar. Andaba de forma instintiva, como si recorriera ese camino todos los días; mis piernas se movían solas. Sin embargo, mi cabeza estaba sumergida en una nube de preguntas, y no conseguía hallar la forma de quedarme en tierra.
No encontraba las llaves. Creía que las tenía en uno de los miles de bolsillos interiores de la gabardina, pero no. Ahí estaba yo: Sentada en la puerta de mi casa, muerta de frío, esperando a que llegara mi padre (o mis padres, a saber), tras una borrachera, e intentara torpemente encontrar las llaves de casa y abrir, por fin, la puerta. Con más frío que desesperación en el cuerpo, mire debajo del celpudo.
-¡Bien!- Grité.
Ahí estaban. Escondidas. Me hice con ellas y abrí la puerta. Por fin. En casa. Lo único que no había cambiado era el silencio. Dejé las cosas en un sitio cualquiera y me dirigí corriendo a mi cuarto. Encendí el ordenador. Necesitaba escribir un poco y mirar el correo. Me llené de intriga al ver que el único mensaje sin abrir que tenía era de mi madre.
De: Marie Larkin
Para: Rachel Larkin
Asunto: ¡Perdona por no escribirte!
Querida Rachel:
-Sé que he estado mucho tiempo sin escribirte. Y lo siento, de verdad, pero tu madre ha estado muy ocupada.He tenido que hacer muchos asuntos de trabajo, y no he tenido tiempo para ver el correo. Espero que me comprendas.
Te quiero, escríbeme: Mamá.
Furiosa tras ver la hipocresía de mi propia madre, no tarde en darle a la tecla responder y comenzar a escribir un nuevo correo.
De: Rachel Larkin
Para: Marie Larkin
Asunto: ¿¡Qué te pasa!?
Mamá:
¿Se puede saber por qué has estado tanto tiempo sin escribir? Ya, vale, motivos de trabajo, sí. Pero pido una explicación más concreta, que a mis casi 16 años creo que tengo suficiente cabeza como para entender las cosas. ¡Me has tenido muy preocupada!
Por cierto, quería comentarte una cosa sobre papá. Sé que no os habláis pero... igualmente es mi padre, y me veo con la necesidad de contártelo. Últimamente va mucho a un bar del barrio, y siempre regresa borracho. Me tiene hundida, de verdad. ¡Antes no era así! ¿Qué le ha pasado? He querido hablar con él, pero no me deja decirle nada, siempre me mete esos rollos de "soy mayor y hago lo que me da la gana, es mi vida, tú no mandas en ella..." y se mete en su burbuja de alcohol... Mamá, no sé qué hacer, pero quiero que papá vuelva a ser el mismo.
Otra cosa, ¿cuándo te vas a pasar por Londres? ¡Quiero verte!
Te echo mucho de menos, escribe: Rachel.
Y pulsé enviar. Al empezar a escribir la carta supe que sería mejor hacerse un poco la tonta respecto a lo ocurrido en ese bar, e ir descubriendo la verdad "por mi cuenta".
Por otro lado, tenía que planificar qué quería hacer durante mi cumpleaños, pues apenas quedaban unos días y sólo sabía que iba a quedar con Rupert. Quería que todo saliera perfecto, aunque la perfección no exista. Quería poder olvidarme de todo, de todo menos de él, aunque fuera sólo por un día. Quería poder disfrutar de mí, vivir cada segundo sin tener que esperar que pase algo, quería ser libre, feliz como una niña pequeña. Quería regresar a esos amoríos típicos de los niños pequeños, en los cuales no importa nada más que esas miradas, y esos besos vergonzosos y sinceros. Y todo eso en un sólo día. ¿No sería mucho? ¿Estaba pidiendo cosas que jamás podría tener, al menos a la vez? ¿Qué pensaría Rupert de todo esto? Era la primera persona en mi vida que me inspiraba amistad y confianza desde el primer instante. Y ahora era algo que necesitaba mucho.
Por otra parte estaba aquel señor, y aquella casa que visité. Algo me decía que debía ir allí, pero no sabía ni cómo ni por qué. Ese señor me dio una tímida confianza que no la conseguiría con cualquier persona, aunque también miedo. Miedo a tener una apariencia falsa respecto a quien pudiera ser en realidad.
De repente me acordé de que en uno de los papeles que ojeé mientras los recogía del suelo cuando éstos se le cayeron a Robert había escritos un número de teléfono y una dirección de correo electrónico. Deduje que la dirección tenía que ser de él, pues contenía información que me permitía saber de quién era, como por ejemplo su nombre, y su año de nacimiento. O por lo menos ponía 1992.
-18 años... Morrudo.- Suspiré dándome cuenta de la suerte que tenía aquel chico.
Decidí agregarle a mi lista de contactos, teniendo la esperanza de no equivocarme.
Del número de móvil apenas me acordaba, así que preferí no hacer inventos por si las moscas. Al minuto, me salió una ventana de alguien que me saludaba. En cuanto supe de quién se trataba no tardé en contestar.
-¡Hola! ¿Cómo tienes mi correo electrónico?
-Bueno, cuando se te cayeron las hojas al suelo ojeé una de ellas y... al verlo deduje que eras tú. Así que, como has podido ver, te he agregado. Perdona por ser tan cotilla.
-¡No pasa nada, mujer! Bueno, ¿qué tal el día?
-Bien, aunque un poco aburrido. ¿Y el tuyo?
-Muy ajetreado, he ido a llevar mi currículo a un sitio, me he perdido... Estoy muy cansado.
-Pues yo también, aunque psicológicamente. ¿Sabes? Me gustaría verte, y hablar contigo, pero en persona, claro está.
-Pues por mí no hay problema, encantado. ¿Dónde nos vemos? A, perdona. Voy a buscarte a tu casa, ¿no?
-Sí, mejor, que ya te dije que no me manejo por Londres. ¿Te apetece que nos quedemos dentro?
-Sí, por favor, que fuera hace mucho frío.
-Bueno, pues... ¿Vienes ya?
-Sí, ahora mismo.
-Aquí te espero, guapo.
-Venga, hasta ahora, un beso, tardo cinco minutos, Rachel.
-Adiós, besos.
Cerré el correo. Estaba ansiosa. Ese chico me había quitado por completo la imagen de aquel profesor, y en un momento. Él y yo solos. Iba a ser genial. Así que apagué el ordenador y fui al salón, donde me dediqué a esperar esos cinco minutos hasta que Rupert llegara.
lunes, 17 de octubre de 2011
Capítulo 4.
Estaba indignada, para no variar. Pero ahora lo estaba muchísimo más. ¿Qué hacían mis padres ahí, hablando, como si nada hubiera pasado? ¿Y por qué no me lo habían dicho? ¿Qué me ocultaban? ¿Y por qué lo hacían? Cuántas preguntas sin respuesta... Pero estaba convencida; iba a averiguar todo cuanto se me plantara sin una razón.
Aún perpleja ante la puerta del bar, pensaba si quedarme espiando a mis padres o regresar a casa y poner en marcha mi "plan" de hacerme con todas las respuestas que necesitaba y olvidarme del mundo, entre otras cosas. Hacía demasiado frío en la calle, así que empecé a caminar en dirección a una casa cualquiera de Candem Town.
Las calles seguían vacías y la gente en los bares, exceptuando una persona. A lo lejos podía ver cómo alguien borroso -mi vista no me permitía ver mucho más- recogía unos papeles que se le deberían haber caído al suelo. Seguí caminando, curiosa por saber quién se atrevería a salir a la calle un día tan frío como hoy.
-¿Puedo ayudarte?
-Te lo agradecería; se me han caído todos al suelo y temo que alguno se vuele. Contienen información que necesito.
-No te preocupes, ya verás cómo no se vuela ninguno.- Le dije al muchacho mientras leía de reojo lo que ponía en uno de los folios.
-Por cierto, bonita gabardina, ¿es tuya?
-Sí... Bueno, realidad no. Se la cogí a mi padre, ya que no la usaba, por eso me queda tan larga.
-Pues te queda muy bien.- Me respondió mientras esbozaba una sonrisa perfecta.
-Eres el primero que me lo dice, gracias. Por cierto, ¿cómo te llamas?
-¿El primero? ¡¿El primero?! ¡Pero si eres guapísima! Y bastante maja, de hecho.- Contestó mientras se echaba a reír. -Me llamo Rupert.
-De verdad, nunca me han dicho esas cosas, siempre me han considerado... diferente. Y bonito nombre.
Intenté sonreír, sin éxito. Los ánimos se me habían ido de repente, por arte de magia.
-¿Diferente? ¿Por qué? Es cierto que sí, eres diferente, pero eres mucho mejor que muchas chicas que conozco, por no decir que todas. Además, debes de tener buen gusto.
-Gracias, de verdad. Oye, Rupert, este sábado es mi cumpleaños, cumplo dieciséis, y no tengo previsto hacer nada. ¿Estás libre?
-No me las des, que digo la verdad. Pues mira, creo que no tengo nada que hacer. ¿Te gusta el Rock? Porque podíamos ir a algún local de ensayo y no sé, cantar y pasar el rato. Pero tu decides, que es tu cumpleaños, que conste.
-¡Es una idea buenísima! Y luego podríamos y a cenar a algún lado, no sé, yo AMO el Rock, de verdad. Toco la guitarra y el piano, así que podríamos hacer algo juntos, también. Por cierto, que no te he dicho mi nombre, me llamo Rachel.
-Me parece muy bien, Rachel. ¿Dónde quieres que quedemos, y cuándo?
-¿Te importaría ir a recogerme a casa? Me acabo de mudar a Londres y no lo conozco mucho... Lo siento.
-No te preocupes. Dame tu dirección, anda.
Me ofreció una pluma y uno de esos papeles que tanto me llamaron la atención.
-Bueno, yo me voy, que tengo que hacer cosas. Encantado de conocerte, Rachel. ¡Y que no te engañe la gente, que hay mucho tonto suelto por ahí!- Me gritó mientras se iba.
-¡Adiós, mucho gusto, gracias!
Acababa de conocer al chico de mis sueños de repente, como si nada. El enfado me había abandonado nada más dirigirle la palabra y, la verdad, ya no tenía muchas ganas de revolver entre tanta duda y comerme la cabeza. Pero me había comprometido. Y tenía que hacerlo, por poco que quisiese. Así que me puse en marcha y regresé a mi casa para hacer lo que ya tenía previsto.
Aún perpleja ante la puerta del bar, pensaba si quedarme espiando a mis padres o regresar a casa y poner en marcha mi "plan" de hacerme con todas las respuestas que necesitaba y olvidarme del mundo, entre otras cosas. Hacía demasiado frío en la calle, así que empecé a caminar en dirección a una casa cualquiera de Candem Town.
Las calles seguían vacías y la gente en los bares, exceptuando una persona. A lo lejos podía ver cómo alguien borroso -mi vista no me permitía ver mucho más- recogía unos papeles que se le deberían haber caído al suelo. Seguí caminando, curiosa por saber quién se atrevería a salir a la calle un día tan frío como hoy.
-¿Puedo ayudarte?
-Te lo agradecería; se me han caído todos al suelo y temo que alguno se vuele. Contienen información que necesito.
-No te preocupes, ya verás cómo no se vuela ninguno.- Le dije al muchacho mientras leía de reojo lo que ponía en uno de los folios.
-Por cierto, bonita gabardina, ¿es tuya?
-Sí... Bueno, realidad no. Se la cogí a mi padre, ya que no la usaba, por eso me queda tan larga.
-Pues te queda muy bien.- Me respondió mientras esbozaba una sonrisa perfecta.
-Eres el primero que me lo dice, gracias. Por cierto, ¿cómo te llamas?
-¿El primero? ¡¿El primero?! ¡Pero si eres guapísima! Y bastante maja, de hecho.- Contestó mientras se echaba a reír. -Me llamo Rupert.
-De verdad, nunca me han dicho esas cosas, siempre me han considerado... diferente. Y bonito nombre.
Intenté sonreír, sin éxito. Los ánimos se me habían ido de repente, por arte de magia.
-¿Diferente? ¿Por qué? Es cierto que sí, eres diferente, pero eres mucho mejor que muchas chicas que conozco, por no decir que todas. Además, debes de tener buen gusto.
-Gracias, de verdad. Oye, Rupert, este sábado es mi cumpleaños, cumplo dieciséis, y no tengo previsto hacer nada. ¿Estás libre?
-No me las des, que digo la verdad. Pues mira, creo que no tengo nada que hacer. ¿Te gusta el Rock? Porque podíamos ir a algún local de ensayo y no sé, cantar y pasar el rato. Pero tu decides, que es tu cumpleaños, que conste.
-¡Es una idea buenísima! Y luego podríamos y a cenar a algún lado, no sé, yo AMO el Rock, de verdad. Toco la guitarra y el piano, así que podríamos hacer algo juntos, también. Por cierto, que no te he dicho mi nombre, me llamo Rachel.
-Me parece muy bien, Rachel. ¿Dónde quieres que quedemos, y cuándo?
-¿Te importaría ir a recogerme a casa? Me acabo de mudar a Londres y no lo conozco mucho... Lo siento.
-No te preocupes. Dame tu dirección, anda.
Me ofreció una pluma y uno de esos papeles que tanto me llamaron la atención.
-Bueno, yo me voy, que tengo que hacer cosas. Encantado de conocerte, Rachel. ¡Y que no te engañe la gente, que hay mucho tonto suelto por ahí!- Me gritó mientras se iba.
-¡Adiós, mucho gusto, gracias!
Acababa de conocer al chico de mis sueños de repente, como si nada. El enfado me había abandonado nada más dirigirle la palabra y, la verdad, ya no tenía muchas ganas de revolver entre tanta duda y comerme la cabeza. Pero me había comprometido. Y tenía que hacerlo, por poco que quisiese. Así que me puse en marcha y regresé a mi casa para hacer lo que ya tenía previsto.
jueves, 13 de octubre de 2011
Capítulo 3.
-¿Dónde has estado?
-Esperándote en Picadilly Circus hasta que me harté.
-Pero... Joder, me entretuve. Podías haberme avisado.
-Y tú podías haber llegado a tiempo. ¿Se puede saber dónde coño has estado?
-Caminaba por una calle, y vi una casa y me acerqué y...
-¿Y...? No habrás entrado, ¿no?
-B...Bueno, era negra, el picaporte me gustó...
-¡Cuántas veces te tengo que repetir que no entres en casas ajenas! Pero por dios... Es que ¿cómo demonios se te ocurre?
-Joder, soy curiosa, no tengo miedo, ¿te vale?
-No, no me vale.
-Pues nada. Ay, mira, déjame en paz de una vez, que ya tengo 15 años.
-Pero no 18. Soy tu padre, ¿entiendes?
-Desde que nací, fíjate si lo entiendo.
-Buen...
-¿BUENO QUÉ?
-Nada, déjalo. Me voy al bar de siempre, ¿vale? Tienes la comida hecha, está en el microondas.
-¿Otra vez? ¿A beber otra vez?
-Soy ya mayorcito, al contrario que tú. Es mi vida y hago lo que me da la gana.
-Y tienes una hija que te quiere a la cual estás destruyendo y dejando de lado por culpa del puto alcohol.
-¿Perdona? ¿Cómo te atreves a hablarle así a tu padre? Mira, no eres mi madre, sino mi hija, y en ningún momento he dejado de cuidar de ti.
-¿Y de quererme? ¿Has dejado de quererme?
-No, no he dejado de hacerlo.
-Ya, ya.
-Bueno, adiós, cuídate, hija mía.
Y se fue. Abrió la puerta y salió a la calle. ¿Y ese bueno interminado? Dios, estaba harta. En serio, nada me cuadraba. Mi padre estaba cambiando, y se estaba dejando la vida en unas botellas de cerveza, o ron. Alcohol, resumiendo. ¿Y yo? ¿Qué pasaba conmigo?
Estaba harta. Harta de todo. Mis padres se habían separado, mi padre ahora era un borracho..., y encima no entendía el porqué de todo lo que me estaba pasando. ¿Y ese hombre? ¿Quién era? ¿Por qué mi padre ahora se emborrachaba cuando antes rehusaba todo tipo de alcohol? Las cosas eran demasiado raras. Y desde pequeña, además, siempre estuve muy distante con mi familia, sobretodo con mi abuelo materno. Me impedían estar con él, y tampoco sabía por qué. Desde pequeña tuve la impresión de que mis padres me ocultaban algo. Todavía sigo pensándolo, más ahora, que no sería nada raro.
La indignación no paraba de envolverme en unos hilos cegadores de furia y enfado, y mis lágrimas salieron de mis ojos como un río que se acababa de descongelar.
¿Y mi madre? Hacía ya tres meses que no hablaba con ella. Lo más raro, ella no me había llamado, y era algo que solía hacer todas las semanas. Todo era muy extraño. Sólo hallaba preguntas sin respuesta.
Pasada una media hora sin apenas hacer nada más que pensar y comerme la cabeza en el sofá, decidí ponerme un poco a tocar la guitarra. Y a mí cuarto me dirigí.
-¡Por fin un sitio en el que me pueda hundir sin vaciarme!- Grité entre pósters, vinilos, cassetes, CD's y películas de cine clásico. Giré mi cabeza y les dirigí una mirada. A ellos cinco. Ahora cuatro. Mis satánicas majestades. Esa lengua camuflada bajo una bandera inglesa. Los Rolling Stones.
-¿Qué haríais vosotros si os quisierais desentender del mundo y nada os cuadrara?
-Play Rock&Roll, honey.- Se oyó en un imaginario movimiento de los perfectos labios del señor Jagger.
Y caso les hice. Cogí la Gibson Les Paul y comencé a tocar Satisfaction.
-I can't get no...!
I can't get no...!
When I'm driving in my car...
Seguramente me oían en todo el edificio, y encima me iba a quedar sorda, pero me daba totalmente igual. Estaba harta de que me sucedieran tantas cosas sin una razón que las justificara. Pero quejarme no iba a ser suficiente. ¿Y todas esas incógnitas? Estaba dispuesta a averiguar todas las preguntas sin respuesta que se paseaban por mi cabeza, aunque eso conllevara desvelar un secreto que fuera mejor no saber. Y así lo hice. Dejé la guitarra en la cama, apagué el amplificador y las luces, cogí las llaves y la gabardina y salí de casa.
El cielo estaba libre de nubes, pero el Sol seguía apagado, como es normal en Londres. No había ni un alma por las calles de Candem Town; todo el mundo se refugiaba del frío los bares con una cerveza y algunas canciones que cantar tras la borrachera. La verdad, nunca logré entender por qué la gente se decantaba tanto por el verano, pues yo siempre me había aferrado al frío, la nieve, el invierno... Pero, como no, mi opinión era diferente a la del resto, algo de lo que me sentía orgullosa, por raro que pareciera. El único ruido que había procedente de la calle era el crujido de las hojas al ser pisoteadas y los soplidos del viento. Luego estaba la juerga de los bares, que me indicaba que todavía quedaba gente en el mundo.
Llegué al bar donde tanto se emborrachaba mi padre. Apenas se podía ver a través de los cristales, pues estaban empañados. Un escalofrío de temor e inseguridad recorrió mi cuerpo. No tenía ni idea de lo que podría ver ahí dentro, y tampoco tenía muchas ganas de verlo. Además, si mi padre me viera... estaba muerta. Y creo que literalmente. No estaría muy satisfecho si supiera que le espiaba mientras tragaba cerveza o aguardiente como loco, o lo que pudiera estar haciendo. Pero tenía que hacerlo. Saqué la mano del bolsillo y, con el guante de cuero puesto, limpié el cristal.
-¿Pero qué coj...? ¿QUÉ DEMONIOS HACEN AHÍ?
No daba crédito a lo veía. Mis padres estaban charlando tranquilamente, como si nada hubiera pasado.
-Esperándote en Picadilly Circus hasta que me harté.
-Pero... Joder, me entretuve. Podías haberme avisado.
-Y tú podías haber llegado a tiempo. ¿Se puede saber dónde coño has estado?
-Caminaba por una calle, y vi una casa y me acerqué y...
-¿Y...? No habrás entrado, ¿no?
-B...Bueno, era negra, el picaporte me gustó...
-¡Cuántas veces te tengo que repetir que no entres en casas ajenas! Pero por dios... Es que ¿cómo demonios se te ocurre?
-Joder, soy curiosa, no tengo miedo, ¿te vale?
-No, no me vale.
-Pues nada. Ay, mira, déjame en paz de una vez, que ya tengo 15 años.
-Pero no 18. Soy tu padre, ¿entiendes?
-Desde que nací, fíjate si lo entiendo.
-Buen...
-¿BUENO QUÉ?
-Nada, déjalo. Me voy al bar de siempre, ¿vale? Tienes la comida hecha, está en el microondas.
-¿Otra vez? ¿A beber otra vez?
-Soy ya mayorcito, al contrario que tú. Es mi vida y hago lo que me da la gana.
-Y tienes una hija que te quiere a la cual estás destruyendo y dejando de lado por culpa del puto alcohol.
-¿Perdona? ¿Cómo te atreves a hablarle así a tu padre? Mira, no eres mi madre, sino mi hija, y en ningún momento he dejado de cuidar de ti.
-¿Y de quererme? ¿Has dejado de quererme?
-No, no he dejado de hacerlo.
-Ya, ya.
-Bueno, adiós, cuídate, hija mía.
Y se fue. Abrió la puerta y salió a la calle. ¿Y ese bueno interminado? Dios, estaba harta. En serio, nada me cuadraba. Mi padre estaba cambiando, y se estaba dejando la vida en unas botellas de cerveza, o ron. Alcohol, resumiendo. ¿Y yo? ¿Qué pasaba conmigo?
Estaba harta. Harta de todo. Mis padres se habían separado, mi padre ahora era un borracho..., y encima no entendía el porqué de todo lo que me estaba pasando. ¿Y ese hombre? ¿Quién era? ¿Por qué mi padre ahora se emborrachaba cuando antes rehusaba todo tipo de alcohol? Las cosas eran demasiado raras. Y desde pequeña, además, siempre estuve muy distante con mi familia, sobretodo con mi abuelo materno. Me impedían estar con él, y tampoco sabía por qué. Desde pequeña tuve la impresión de que mis padres me ocultaban algo. Todavía sigo pensándolo, más ahora, que no sería nada raro.
La indignación no paraba de envolverme en unos hilos cegadores de furia y enfado, y mis lágrimas salieron de mis ojos como un río que se acababa de descongelar.
¿Y mi madre? Hacía ya tres meses que no hablaba con ella. Lo más raro, ella no me había llamado, y era algo que solía hacer todas las semanas. Todo era muy extraño. Sólo hallaba preguntas sin respuesta.
Pasada una media hora sin apenas hacer nada más que pensar y comerme la cabeza en el sofá, decidí ponerme un poco a tocar la guitarra. Y a mí cuarto me dirigí.
-¡Por fin un sitio en el que me pueda hundir sin vaciarme!- Grité entre pósters, vinilos, cassetes, CD's y películas de cine clásico. Giré mi cabeza y les dirigí una mirada. A ellos cinco. Ahora cuatro. Mis satánicas majestades. Esa lengua camuflada bajo una bandera inglesa. Los Rolling Stones.
-¿Qué haríais vosotros si os quisierais desentender del mundo y nada os cuadrara?
-Play Rock&Roll, honey.- Se oyó en un imaginario movimiento de los perfectos labios del señor Jagger.
Y caso les hice. Cogí la Gibson Les Paul y comencé a tocar Satisfaction.
-I can't get no...!
I can't get no...!
When I'm driving in my car...
Seguramente me oían en todo el edificio, y encima me iba a quedar sorda, pero me daba totalmente igual. Estaba harta de que me sucedieran tantas cosas sin una razón que las justificara. Pero quejarme no iba a ser suficiente. ¿Y todas esas incógnitas? Estaba dispuesta a averiguar todas las preguntas sin respuesta que se paseaban por mi cabeza, aunque eso conllevara desvelar un secreto que fuera mejor no saber. Y así lo hice. Dejé la guitarra en la cama, apagué el amplificador y las luces, cogí las llaves y la gabardina y salí de casa.
El cielo estaba libre de nubes, pero el Sol seguía apagado, como es normal en Londres. No había ni un alma por las calles de Candem Town; todo el mundo se refugiaba del frío los bares con una cerveza y algunas canciones que cantar tras la borrachera. La verdad, nunca logré entender por qué la gente se decantaba tanto por el verano, pues yo siempre me había aferrado al frío, la nieve, el invierno... Pero, como no, mi opinión era diferente a la del resto, algo de lo que me sentía orgullosa, por raro que pareciera. El único ruido que había procedente de la calle era el crujido de las hojas al ser pisoteadas y los soplidos del viento. Luego estaba la juerga de los bares, que me indicaba que todavía quedaba gente en el mundo.
Llegué al bar donde tanto se emborrachaba mi padre. Apenas se podía ver a través de los cristales, pues estaban empañados. Un escalofrío de temor e inseguridad recorrió mi cuerpo. No tenía ni idea de lo que podría ver ahí dentro, y tampoco tenía muchas ganas de verlo. Además, si mi padre me viera... estaba muerta. Y creo que literalmente. No estaría muy satisfecho si supiera que le espiaba mientras tragaba cerveza o aguardiente como loco, o lo que pudiera estar haciendo. Pero tenía que hacerlo. Saqué la mano del bolsillo y, con el guante de cuero puesto, limpié el cristal.
-¿Pero qué coj...? ¿QUÉ DEMONIOS HACEN AHÍ?
No daba crédito a lo veía. Mis padres estaban charlando tranquilamente, como si nada hubiera pasado.
domingo, 18 de septiembre de 2011
Capítulo 2.
Con las lágrimas en los ojos, aquel hombre y yo terminamos de escuchar esa bellísima pieza.
-Bueno, ¿te ha gustado?
-¿Que si me ha gustado? Muchísimo. En serio, tienes algo que... no sé, no todo el mundo puede plasmar en unas teclas de piano.
-¿De verdad? ¿El qué?
-Pues no sé cómo denominarlo, pero conmutas tu alma por un conjunto de esquemas armónicos y melódicos, y sacas a la luz todos tus sentimientos. Estoy segura de que si la vuelves a tocar no suena de la misma manera.
-Creo que tú también serás pianista.
-¿Yo? Ojalá, ojalá. Todo un poco el piano y la guitarra, pero sólo un poco.
-Enséñame lo que sabes de piano.
-Vale, pero yo que tú me taparía los oídos; toco fatal.
Y, muy nerviosa, me senté en aquella banqueta para piano y comencé a tocar Für Elise (Paraelisa de Beethoven). Mis manos se movían instintivamente; el camino de notas era el de siempre. Mis ojos se cerraron rápidamente, y la música empezó a fluir por toda la casa. En mi cabeza o mi corazón, los recuerdos olvidados empezaron a pasear de un lado a otro, saliendo al exterior en forma de llanto. La lágrimas no tardaron en surcar mi cara, eso sí, con los párpados aún pegados unos con otros. Aún no terminaba de olvidar aquel día en que mis padres discutían sin parar, conmigo presente, llamándose de todo por alguna razón todavía desconocida para mí. Ni tampoco, bien raro que era, pero verdad, a mi antiguo profesor, el cual me sacó de una depresión de la que seguía aún sin poderme desprender. Todo fue gracias a él, y a la vez, por su culpa. El aprecio que sentía hacia mi ex profesor era inimaginable, y el hecho de no poder verle nunca más (no por el divorcio de mis parientes, sino porque él se fue para siempre a no sé dónde) me seguía destruyendo por dentro, aún muerta en vida. No había día que no me preguntara dónde podía estar.
-¿Te pasa algo?
-No, simplemente que revivo muchas cosas con esta sonata, y además, es demasiado bella.
-¿Sabes? Tienes buen gusto. Y sientes la música, se nota.
-La música el el aire que respiro y la sangre que corre por mis venas.
"La música es el aire que respiro y la sangre que corre por mis venas..." volví a repetir en mi mente. "...Por algo mi profesor era mucho más que música".
-¿Qué hora es?
-Las... cuatro menos cuarto.
-¿QUÉ? ¿YA ES TAN TARDE?
-Cuando te diviertes el tiempo pasa volando.
Y una sonrisa se dibujó en su cara.
-Dios mío... Me tengo que ir ya. Y corriendo, lo siento mucho, pero me dijo mi padre que a las dos y media tenía que estar en Picadilly Circus.
-¿Sabes dónde está la boca de metro?
-Sí, al otro extremo de la calle, ¿no?
-Ajá.
-Bueno, pues me voy, entonces. ¡Gracias por todo!
-A ti, joven.
A salir de la casa, aquel hombre me miró de una forma diferente, una mirada pícara y furtiva, como si, de repente, hubieran cambiado radicalmente sus intenciones. Muchas veces he llegado a plantearme ser tan curiosa.
Salí con muchísima prisa de ese lugar, y en poco tiempo alcancé la boca de metro.
Me hallaba en Oxford Circus, por tanto sólo tenía una parada hasta mi destino. Llegué a Picadilly Circus en cuestión de minutos. Cuando por fin encontré la salida a la calle mi padre ya no estaba entre la multitud. ¿Se había ido? ¿Le había pasado algo? ¿Por qué no estaba? Nada tenía respuesta, otra vez. No sabía qué hacer, apenas me acordaba de esa zona; sólo estuve una vez cuando vine con mis padres de vacaciones a Londres. Recuerdo que estuvimos en el Royal National Hotel de Russel Square.
Me paré un instante a mirar el letrero de Underground, y por un momento eché de menos los paseos otoñales por la Gran Vía. Entonces, entré de nuevo en el metro. Fui hasta Leicester Square. Tenía que cambiar de línea a Northem hasta Candem Town. Supuse que mi padre ya había regresado a casa.
-Bueno, ¿te ha gustado?
-¿Que si me ha gustado? Muchísimo. En serio, tienes algo que... no sé, no todo el mundo puede plasmar en unas teclas de piano.
-¿De verdad? ¿El qué?
-Pues no sé cómo denominarlo, pero conmutas tu alma por un conjunto de esquemas armónicos y melódicos, y sacas a la luz todos tus sentimientos. Estoy segura de que si la vuelves a tocar no suena de la misma manera.
-Creo que tú también serás pianista.
-¿Yo? Ojalá, ojalá. Todo un poco el piano y la guitarra, pero sólo un poco.
-Enséñame lo que sabes de piano.
-Vale, pero yo que tú me taparía los oídos; toco fatal.
Y, muy nerviosa, me senté en aquella banqueta para piano y comencé a tocar Für Elise (Paraelisa de Beethoven). Mis manos se movían instintivamente; el camino de notas era el de siempre. Mis ojos se cerraron rápidamente, y la música empezó a fluir por toda la casa. En mi cabeza o mi corazón, los recuerdos olvidados empezaron a pasear de un lado a otro, saliendo al exterior en forma de llanto. La lágrimas no tardaron en surcar mi cara, eso sí, con los párpados aún pegados unos con otros. Aún no terminaba de olvidar aquel día en que mis padres discutían sin parar, conmigo presente, llamándose de todo por alguna razón todavía desconocida para mí. Ni tampoco, bien raro que era, pero verdad, a mi antiguo profesor, el cual me sacó de una depresión de la que seguía aún sin poderme desprender. Todo fue gracias a él, y a la vez, por su culpa. El aprecio que sentía hacia mi ex profesor era inimaginable, y el hecho de no poder verle nunca más (no por el divorcio de mis parientes, sino porque él se fue para siempre a no sé dónde) me seguía destruyendo por dentro, aún muerta en vida. No había día que no me preguntara dónde podía estar.
-¿Te pasa algo?
-No, simplemente que revivo muchas cosas con esta sonata, y además, es demasiado bella.
-¿Sabes? Tienes buen gusto. Y sientes la música, se nota.
-La música el el aire que respiro y la sangre que corre por mis venas.
"La música es el aire que respiro y la sangre que corre por mis venas..." volví a repetir en mi mente. "...Por algo mi profesor era mucho más que música".
-¿Qué hora es?
-Las... cuatro menos cuarto.
-¿QUÉ? ¿YA ES TAN TARDE?
-Cuando te diviertes el tiempo pasa volando.
Y una sonrisa se dibujó en su cara.
-Dios mío... Me tengo que ir ya. Y corriendo, lo siento mucho, pero me dijo mi padre que a las dos y media tenía que estar en Picadilly Circus.
-¿Sabes dónde está la boca de metro?
-Sí, al otro extremo de la calle, ¿no?
-Ajá.
-Bueno, pues me voy, entonces. ¡Gracias por todo!
-A ti, joven.
A salir de la casa, aquel hombre me miró de una forma diferente, una mirada pícara y furtiva, como si, de repente, hubieran cambiado radicalmente sus intenciones. Muchas veces he llegado a plantearme ser tan curiosa.
Salí con muchísima prisa de ese lugar, y en poco tiempo alcancé la boca de metro.
Me hallaba en Oxford Circus, por tanto sólo tenía una parada hasta mi destino. Llegué a Picadilly Circus en cuestión de minutos. Cuando por fin encontré la salida a la calle mi padre ya no estaba entre la multitud. ¿Se había ido? ¿Le había pasado algo? ¿Por qué no estaba? Nada tenía respuesta, otra vez. No sabía qué hacer, apenas me acordaba de esa zona; sólo estuve una vez cuando vine con mis padres de vacaciones a Londres. Recuerdo que estuvimos en el Royal National Hotel de Russel Square.
Me paré un instante a mirar el letrero de Underground, y por un momento eché de menos los paseos otoñales por la Gran Vía. Entonces, entré de nuevo en el metro. Fui hasta Leicester Square. Tenía que cambiar de línea a Northem hasta Candem Town. Supuse que mi padre ya había regresado a casa.
sábado, 17 de septiembre de 2011
Capítulo 1.
Caminando por la calle una mañana de otoño, observaba cómo las hojas morían en el suelo, marrones rojizas tras una lenta caída. Las destrozaba con mi caminar, oyendo un pequeño crujido. En mi imaginación eran sus últimas palabras. Mis hombros se encogían y mi cuello se deslizaba hacia abajo, haciéndome ver lo que pisaban mis pies. Los rayos de Sol caían como lágrimas en un lúgubre paisaje casi cubierto por las nubes. Una temerosa tormenta se avecinaba.
Los árboles me retiraban la mirada, al igual que la gente. Todo el mundo seguía su rutina como un día cualquiera. Llevaba una gabardina de cuero negra, que iba "limpiando" el suelo de tan larga que era. Mis ojos se hundían en la oscuridad de la luz. Nada tenía sentido, la cabeza me daba vueltas. No sabía qué me estaba pasando. Siempre sentía un nudo en el esófago, y muchas cosas con las que antes disfrutaba como una niña ahora me resultaban indiferentes. No tenía ganas de nada. Vagaba sin rumbo por lo que quedaba de calle, una cualquiera de Londres. Hacía mucho frío. Mis dedos se retorcían, recubiertos por unos guantes, también de cuero, por los bolsillos de la gabardina. Tenía la mirada perdida, aunque sabía que mis ojos buscaban algo. Y no sólo mis ojos. Aquel nudo que sentía no era por nada, estaba bien segura. Pero no había dado con la respuesta. Todo el mundo me escondía verdades, hasta yo. Y no entendía por qué. Mis labios, pintados de rojo pasión, se agrietaban con los soplidos del viento. Las típicas casas inglesas se podían diferenciar con sólo ver la fachada. Cada una, de un color. A lo lejos, divisé una que me llamó bastante la atención: tenía la fachada negra. Era algo bastante raro en el centro londinense, pues ahí, y menos en esa calle, había algo de ese color. Lo único triste éramos el paisaje y yo.
Aligeré el paso y me dirigí hacia esa casa tan peculiar. Al llegar, vi que no sólo era extraña por la fachada: estaba muy abandonada, y no se podía ver nada a través de las ventanas. Intrigada, llamé a la puerta, negra también. Estaba muy bien tallada, aunque desgastada, al parecer, por los años. Nadie respondió. Mi curiosidad empezó a salir a la luz, y no pude evitar llamar dos veces más. De repente, un chirriante sonido me indicó que la puerta se estaba abriendo, pero no me dijo que más tarde no sólo se abría aquella puerta.
-A la tercera va a la vencida.- Suspiré entre los chirridos.
Cuando vi qué escondían aquella puerta y aquella fachada, me quedé bastante extrañada, aunque también atónita. Era tan grande como lo podía ser una mansión. Había un piano de cola negro, y los sofás parecían del barroco. Las mesas que había estaban adornadas con bodegones y candelabros, y las lámparas eran de velas, a pesar de que la casa era muy luminosa. La puerta se cerró de golpe. Un hombre, que había salido de la nada, se acercó a mí con calma.
-¿Qué haces aquí, pequeña?-
-Curiosidad, simplemente, este hogar me ha llamado mucho la atención. Bonita casa, o mansión.
-Gracias. ¿Quieres tomar algo?-
-Pues, ya que estamos, sí. Gracias.
Aquel hombre tan extraño y yo nos dirigimos hacia un salón. Iba con unos pantalones negros, una camisa blanca y unos zapatos marrones. Su aspecto físico era algo normal, pero todo cambiaba si me fijaba en su forma de ser.
Aquel sitio tenía una chimenea, bastante inglesa, de hecho. Apenas se podían ver las paredes, pues estaba abarrotado de estanterías y libros. Nos sentamos en un sofá cada uno y empezamos a conversar.
-Y dime, ¿qué te trae por aquí, jovencita?-
-Hace poco que he venido a Londres, a casa de mi padre, concretamente, en Candem Town. Quería ver cómo eran las demás calles de esta cuidad.
-¿Cómo es que has venido tú sola, si no conoces Londres?-
-Paseo para perderme, no para encontrar nada. Además, sé inglés, puedo preguntar a alguien.
-Yo que tú no haría eso, aquí la gente es muy antipática. Te recomiendo que busques carteles o puestos de información, te será más útil.
-Gracias, pero prefiero hacer un poco el loco, que en mí no es nada raro.
-¿De dónde demonios has sacado tantos libros para llenar todos los estantes?-
-Verás, esta casa ha pasado de generación en generación, y con ella también todos estos libros. Es la más antigua de Londres.
-¿De todo Londres? ¡Wow! Entonces debe de ser un privilegio vivir aquí, ¿no?-
-No creas, todos los vecinos del barrio tienen una mala imagen de este lugar. Hace 20 años, un familiar mío que padecía esquizofrenia raptaba gente y la mataba en esta casa. Murió dos años después, dicen por frustración. Lo pasó muy mal en el manicomio. A pesar de todo, yo me siento afortunado de vivir aquí.
-Pero... ¿Tenía una sala de torturas, como el típico asesino?-
-No exactamente. Les mataba en su cuarto, aunque se puede decir que su cama servía para dormir y torturar. Desde aquel suceso no se ha vuelto a abrir la puerta que conduce a esa habitación.
-¿Y no te da miedo vivir en una casa que ha sido habitada por un asesino?-
-Hija, he vivido muchas cosas, y te aseguro que no es algo a lo que deba temer.
-¿Y vivías aquí con ese hombre?
-Bueno, estuve un tiempo, 2 años o así, pero en mi familia se supo antes su enfermedad y me trasladaron a vivir con mis tíos, al norte de Inglaterra.
-Y después... ¿Le volviste a ver?-
-No, vivo no.
-¿LE VISTE MUERTO?-
-En su funeral, los familiares pudieron ver el cadáver. Pero no era nada raro, parecía simplemente que estaba dormido.
-I'm only sleeping...
-¿Te gustan Los Beatles?-
-Sí, es mi grupo favorito, aunque mi padre y yo tenemos que visitar Abbey Road.
-Menos mal... Las juventudes de ahora ya no escuchan esas cosas.
-Lo sé, soy testigo todos los días. Yo siempre he sido de clásicos.
-¿Y la música clásica, te gusta?-
-Bastante, de hecho, aunque me queda mucho por conocer.
-¿Conoces Claro De Luna, de Beethoven?-
-Por supuesto, es de mis piezas favoritas.
-Yo toco el piano, y ésa es la que mejor me sé.
-¿Te importaría tocarla?-
-En absoluto.
Los árboles me retiraban la mirada, al igual que la gente. Todo el mundo seguía su rutina como un día cualquiera. Llevaba una gabardina de cuero negra, que iba "limpiando" el suelo de tan larga que era. Mis ojos se hundían en la oscuridad de la luz. Nada tenía sentido, la cabeza me daba vueltas. No sabía qué me estaba pasando. Siempre sentía un nudo en el esófago, y muchas cosas con las que antes disfrutaba como una niña ahora me resultaban indiferentes. No tenía ganas de nada. Vagaba sin rumbo por lo que quedaba de calle, una cualquiera de Londres. Hacía mucho frío. Mis dedos se retorcían, recubiertos por unos guantes, también de cuero, por los bolsillos de la gabardina. Tenía la mirada perdida, aunque sabía que mis ojos buscaban algo. Y no sólo mis ojos. Aquel nudo que sentía no era por nada, estaba bien segura. Pero no había dado con la respuesta. Todo el mundo me escondía verdades, hasta yo. Y no entendía por qué. Mis labios, pintados de rojo pasión, se agrietaban con los soplidos del viento. Las típicas casas inglesas se podían diferenciar con sólo ver la fachada. Cada una, de un color. A lo lejos, divisé una que me llamó bastante la atención: tenía la fachada negra. Era algo bastante raro en el centro londinense, pues ahí, y menos en esa calle, había algo de ese color. Lo único triste éramos el paisaje y yo.
Aligeré el paso y me dirigí hacia esa casa tan peculiar. Al llegar, vi que no sólo era extraña por la fachada: estaba muy abandonada, y no se podía ver nada a través de las ventanas. Intrigada, llamé a la puerta, negra también. Estaba muy bien tallada, aunque desgastada, al parecer, por los años. Nadie respondió. Mi curiosidad empezó a salir a la luz, y no pude evitar llamar dos veces más. De repente, un chirriante sonido me indicó que la puerta se estaba abriendo, pero no me dijo que más tarde no sólo se abría aquella puerta.
-A la tercera va a la vencida.- Suspiré entre los chirridos.
Cuando vi qué escondían aquella puerta y aquella fachada, me quedé bastante extrañada, aunque también atónita. Era tan grande como lo podía ser una mansión. Había un piano de cola negro, y los sofás parecían del barroco. Las mesas que había estaban adornadas con bodegones y candelabros, y las lámparas eran de velas, a pesar de que la casa era muy luminosa. La puerta se cerró de golpe. Un hombre, que había salido de la nada, se acercó a mí con calma.
-¿Qué haces aquí, pequeña?-
-Curiosidad, simplemente, este hogar me ha llamado mucho la atención. Bonita casa, o mansión.
-Gracias. ¿Quieres tomar algo?-
-Pues, ya que estamos, sí. Gracias.
Aquel hombre tan extraño y yo nos dirigimos hacia un salón. Iba con unos pantalones negros, una camisa blanca y unos zapatos marrones. Su aspecto físico era algo normal, pero todo cambiaba si me fijaba en su forma de ser.
Aquel sitio tenía una chimenea, bastante inglesa, de hecho. Apenas se podían ver las paredes, pues estaba abarrotado de estanterías y libros. Nos sentamos en un sofá cada uno y empezamos a conversar.
-Y dime, ¿qué te trae por aquí, jovencita?-
-Hace poco que he venido a Londres, a casa de mi padre, concretamente, en Candem Town. Quería ver cómo eran las demás calles de esta cuidad.
-¿Cómo es que has venido tú sola, si no conoces Londres?-
-Paseo para perderme, no para encontrar nada. Además, sé inglés, puedo preguntar a alguien.
-Yo que tú no haría eso, aquí la gente es muy antipática. Te recomiendo que busques carteles o puestos de información, te será más útil.
-Gracias, pero prefiero hacer un poco el loco, que en mí no es nada raro.
-¿De dónde demonios has sacado tantos libros para llenar todos los estantes?-
-Verás, esta casa ha pasado de generación en generación, y con ella también todos estos libros. Es la más antigua de Londres.
-¿De todo Londres? ¡Wow! Entonces debe de ser un privilegio vivir aquí, ¿no?-
-No creas, todos los vecinos del barrio tienen una mala imagen de este lugar. Hace 20 años, un familiar mío que padecía esquizofrenia raptaba gente y la mataba en esta casa. Murió dos años después, dicen por frustración. Lo pasó muy mal en el manicomio. A pesar de todo, yo me siento afortunado de vivir aquí.
-Pero... ¿Tenía una sala de torturas, como el típico asesino?-
-No exactamente. Les mataba en su cuarto, aunque se puede decir que su cama servía para dormir y torturar. Desde aquel suceso no se ha vuelto a abrir la puerta que conduce a esa habitación.
-¿Y no te da miedo vivir en una casa que ha sido habitada por un asesino?-
-Hija, he vivido muchas cosas, y te aseguro que no es algo a lo que deba temer.
-¿Y vivías aquí con ese hombre?
-Bueno, estuve un tiempo, 2 años o así, pero en mi familia se supo antes su enfermedad y me trasladaron a vivir con mis tíos, al norte de Inglaterra.
-Y después... ¿Le volviste a ver?-
-No, vivo no.
-¿LE VISTE MUERTO?-
-En su funeral, los familiares pudieron ver el cadáver. Pero no era nada raro, parecía simplemente que estaba dormido.
-I'm only sleeping...
-¿Te gustan Los Beatles?-
-Sí, es mi grupo favorito, aunque mi padre y yo tenemos que visitar Abbey Road.
-Menos mal... Las juventudes de ahora ya no escuchan esas cosas.
-Lo sé, soy testigo todos los días. Yo siempre he sido de clásicos.
-¿Y la música clásica, te gusta?-
-Bastante, de hecho, aunque me queda mucho por conocer.
-¿Conoces Claro De Luna, de Beethoven?-
-Por supuesto, es de mis piezas favoritas.
-Yo toco el piano, y ésa es la que mejor me sé.
-¿Te importaría tocarla?-
-En absoluto.
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