jueves, 13 de octubre de 2011

Capítulo 3.

-¿Dónde has estado?
-Esperándote en Picadilly Circus hasta que me harté.
-Pero... Joder, me entretuve. Podías haberme avisado.
-Y tú podías haber llegado a tiempo. ¿Se puede saber dónde coño has estado?
-Caminaba por una calle, y vi una casa y me acerqué y...
-¿Y...? No habrás entrado, ¿no?
-B...Bueno, era negra, el picaporte me gustó...
-¡Cuántas veces te tengo que repetir que no entres en casas ajenas! Pero por dios... Es que ¿cómo demonios se te ocurre?
-Joder, soy curiosa, no tengo miedo, ¿te vale?
-No, no me vale.
-Pues nada. Ay, mira, déjame en paz de una vez, que ya tengo 15 años.
-Pero no 18. Soy tu padre, ¿entiendes?
-Desde que nací, fíjate si lo entiendo.
-Buen...
-¿BUENO QUÉ?
-Nada, déjalo. Me voy al bar de siempre, ¿vale? Tienes la comida hecha, está en el microondas.
-¿Otra vez? ¿A beber otra vez?
-Soy ya mayorcito, al contrario que tú. Es mi vida y hago lo que me da la gana.
-Y tienes una hija que te quiere a la cual estás destruyendo y dejando de lado por culpa del puto alcohol.
-¿Perdona? ¿Cómo te atreves a hablarle así a tu padre? Mira, no eres mi madre, sino mi hija, y en ningún momento he dejado de cuidar de ti.
-¿Y de quererme? ¿Has dejado de quererme?
-No, no he dejado de hacerlo.
-Ya, ya.
-Bueno, adiós, cuídate, hija mía.


Y se fue. Abrió la puerta y salió a la calle. ¿Y ese bueno interminado? Dios, estaba harta. En serio, nada me cuadraba. Mi padre estaba cambiando, y se estaba dejando la vida en unas botellas de cerveza, o ron. Alcohol, resumiendo. ¿Y yo? ¿Qué pasaba conmigo?
Estaba harta. Harta de todo. Mis padres se habían separado, mi padre ahora era un borracho..., y encima no entendía el porqué de todo lo que me estaba pasando. ¿Y ese hombre? ¿Quién era? ¿Por qué mi padre ahora se emborrachaba cuando antes rehusaba todo tipo de alcohol? Las cosas eran demasiado raras. Y desde pequeña, además, siempre estuve muy distante con mi familia, sobretodo con mi abuelo materno. Me impedían estar con él, y tampoco sabía por qué. Desde pequeña tuve la impresión de que mis padres me ocultaban algo. Todavía sigo pensándolo, más ahora, que no sería nada raro.
La indignación no paraba de envolverme en unos hilos cegadores de furia y enfado, y mis lágrimas salieron de mis ojos como un río que se acababa de descongelar.
¿Y mi madre? Hacía ya tres meses que no hablaba con ella. Lo más raro, ella no me había llamado, y era algo que solía hacer todas las semanas. Todo era muy extraño. Sólo hallaba preguntas sin respuesta.


Pasada una media hora sin apenas hacer nada más que pensar y comerme la cabeza en el sofá, decidí ponerme un poco a tocar la guitarra. Y a mí cuarto me dirigí.
-¡Por fin un sitio en el que me pueda hundir sin vaciarme!- Grité entre pósters, vinilos, cassetes, CD's y películas de cine clásico. Giré mi cabeza y les dirigí una mirada. A ellos cinco. Ahora cuatro. Mis satánicas majestades. Esa lengua camuflada bajo una bandera inglesa. Los Rolling Stones.
-¿Qué haríais vosotros si os quisierais desentender del mundo y nada os cuadrara?
-Play Rock&Roll, honey.- Se oyó en un imaginario movimiento de los perfectos labios del señor Jagger.


Y caso les hice. Cogí la Gibson Les Paul y comencé a tocar Satisfaction.
-I can't get no...!
I can't get no...!
When I'm driving in my car...


Seguramente me oían en todo el edificio, y encima me iba a quedar sorda, pero me daba totalmente igual. Estaba harta de que me sucedieran tantas cosas sin una razón que las justificara. Pero quejarme no iba a ser suficiente. ¿Y todas esas incógnitas? Estaba dispuesta a averiguar todas las preguntas sin respuesta que se paseaban por mi cabeza, aunque eso conllevara desvelar un secreto que fuera mejor no saber. Y así lo hice. Dejé la guitarra en la cama, apagué el amplificador y las luces, cogí las llaves y la gabardina y salí de casa.


El cielo estaba libre de nubes, pero el Sol seguía apagado, como es normal en Londres. No había ni un alma por las calles de Candem Town; todo el mundo se refugiaba del frío los bares con una cerveza y algunas canciones que cantar tras la borrachera. La verdad, nunca logré entender por qué la gente se decantaba tanto por el verano, pues yo siempre me había aferrado al frío, la nieve, el invierno... Pero, como no, mi opinión era diferente a la del resto, algo de lo que me sentía orgullosa, por raro que pareciera. El único ruido que había procedente de la calle era el crujido de las hojas al ser pisoteadas y los soplidos del viento. Luego estaba la juerga de los bares, que me indicaba que todavía quedaba gente en el mundo.
Llegué al bar donde tanto se emborrachaba mi padre. Apenas se podía ver a través de  los cristales, pues estaban empañados. Un escalofrío de temor e inseguridad recorrió mi cuerpo. No tenía ni idea de lo que podría ver ahí dentro, y tampoco tenía muchas ganas de verlo. Además, si mi padre me viera... estaba muerta. Y creo que literalmente. No estaría muy satisfecho si supiera que le espiaba mientras tragaba cerveza o aguardiente como loco, o lo que pudiera estar haciendo. Pero tenía que hacerlo. Saqué la mano del bolsillo y, con el guante de cuero puesto, limpié el cristal.
-¿Pero qué coj...? ¿QUÉ DEMONIOS HACEN AHÍ?


No daba crédito a lo veía. Mis padres estaban charlando tranquilamente, como si nada hubiera pasado.

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