sábado, 10 de diciembre de 2011
Capítulo 6.
Sonó el timbre. El corazón me empezó a latir aún más rápido. Me podía dar un infarto en cualquier momento. Dejé el salón atrás y me dirigí hacia la puerta. Temblando, comencé a hablar.
-¿Quién es?
-Soy yo, Rupert.
-¡Ah! ¡Pasa, pasa!- Grité, haciéndome la tonta.
Ahí estaba él. La chaqueta de cuero colgada al hombro, Converse rojas desgastadas, pitillos negros, canuto en la boca y una camiseta blanca con el típico mensaje de "Sex, drugs and Rock & Roll".
-Por lo que veo, no eres tú muy friolero, ¿eh?- Dije irónicamente.
-Pues ya lo ves, guapa. Yo soy de frío, y mi cuerpo está bien a gusto con la elección.
Y cerró la puerta con fuerza.
Su mano derecha sujetada unos cuantos vinilos de grupos de Rock, lo cual no me parecía nada raro.
-Bueno, ¿qué quieres que hagamos, una vez en mi casa?
-A mí me da lo mismo. Me he traído unos vinilos, por si tienes tocadiscos y quieres escuchar buena música un rato.
-Pues vamos al salón.
Una vez allí, pude observar una belleza de la que, hasta ahora, había pasado desapercibida. Todo estaba lleno de estantes con libros y discos, y los muebles... Los muebles eran una verdadera preciosidad. Rupert me debería de haber dado suerte.
-Y bien, ¿qué disco me vas a poner?
-No sé... ¿Chuck Berry?
-Venga, que así me olvido un poco de este mundo.
Saqué el primer vinilo que vi de Berry y puse, instintivamente, Johnny B Goode.
-¿Era ésta la que querías escuchar?- Dije gritando para oírse mi voz entre ese chaparrón de notas.
-Era la que quería verte bailar.- Respondió con un tono desafiante.
-¿Perdona? Ah, no. Yo sí que no bailo. Y menos sin nadie.
-Pues bailemos.
Me quedé... petrificada. Ni sabía qué responder, ni qué hacer, ni siquiera lo que estaba sintiendo. Pero un escalofrío, o algo semejante, envolvió mi cuerpo.
-¡Venga! ¿A qué esperas? ¿No quieres bailar conmigo?- Me insinuó mientras se lamía dos dedos y apagaba el canuto.
-S... sí, pero me da mucha vergüenza.
-¿Por qué? ¡Vamos, que no te voy a evaluar la coreografía!
Tras resistirme un par de veces, me dí por vencida. Así que le cogí la mano e hicimos del salón una pista de baile.
Nos movíamos al son de una música perfecta, ignorando la tristeza que mostraban las nubes y la oscuridad de la propia habitación. Mi padre estaba en algún lugar, y mi madre... mi madre podría estar con él. Pero no quería pensar en nada de eso, pues en ese momento era realmente feliz, y gozar de la felicidad, para mí, se había convertido en un milagro. Rupert mantenía su sonrisa y su preciosa boca intactas, y bailaba cogido de mi mano al mismo ritmo que yo. Supongo que no se imaginaría lo que ahora se estaba paseando dentro de mi cabeza.
Me soltó la mano. Se acercó al tocadiscos, y apagó el equipo de música. Mi cuerpo y mi corazón se pararon. ¿Qué demonios estaba haciendo? Se supone que lo estábamos pasando genial y... va y quita la música. Nada más terminar con Chuck Berry, se sentó exhausto en el sofá. Y se dejó caer en una inmensa tristeza. Todo cuanto parecía envolver su alma se había esfumado en un instante. Y el cambio había sido imperceptible, hasta ahora. Permanecía triste, con la mirada perdida, intentando no recordar, en vano. Y yo no sabía qué hacer. Permanecía en mi sitio, inmóvil, intentando dar alguna explicación a lo que estaba pasando, consiguiendo sólo preocuparme aún más.
Ahora sí que se podía percibir la oscuridad y la tristeza de todo lugar que nuestros ojos alcanzaban ver.
-¿Qué... qué te pasa?
Rupert no se inmutaba. Parecía como si se hubiera aislado del mundo con sus pensamientos y su melancolía. Comenzó a llorar. Yo no daba crédito a lo que veía. El chico "perfecto", por así decirlo, derrumbado en uno de los momentos más felices que podía vivir. Y llorando. Creo que nunca unas lágrimas me conmocionaron de esa forma. Me vi completamente afectada por su tristeza, impotente, también, por no saber qué hacer.
-De verdad... Dime qué te pasa. Te he conocido hoy y no soporto verte así. Será por algo.
-Déjalo, tú no puedes hacer nada.
-Eso no lo sé, porque no sé qué te pasa. Pero seguro que sí te puedo sacar una sonrisa. Y estoy dispuesta a intentarlo.
-Gracias, pero no creo que consigas lo más mínimo.
-Déjame, por lo menos, intentarlo.
-Adelante. Ah, por cierto, no soy partidario de que lo intentes con el sexo, que conozco a bastantes chicas que es lo único que saben hacer.
-Tranquilo, no soy como ellas. Ya sabes que siempre he sido diferente, por suerte, creo.
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