Con las lágrimas en los ojos, aquel hombre y yo terminamos de escuchar esa bellísima pieza.
-Bueno, ¿te ha gustado?
-¿Que si me ha gustado? Muchísimo. En serio, tienes algo que... no sé, no todo el mundo puede plasmar en unas teclas de piano.
-¿De verdad? ¿El qué?
-Pues no sé cómo denominarlo, pero conmutas tu alma por un conjunto de esquemas armónicos y melódicos, y sacas a la luz todos tus sentimientos. Estoy segura de que si la vuelves a tocar no suena de la misma manera.
-Creo que tú también serás pianista.
-¿Yo? Ojalá, ojalá. Todo un poco el piano y la guitarra, pero sólo un poco.
-Enséñame lo que sabes de piano.
-Vale, pero yo que tú me taparía los oídos; toco fatal.
Y, muy nerviosa, me senté en aquella banqueta para piano y comencé a tocar Für Elise (Paraelisa de Beethoven). Mis manos se movían instintivamente; el camino de notas era el de siempre. Mis ojos se cerraron rápidamente, y la música empezó a fluir por toda la casa. En mi cabeza o mi corazón, los recuerdos olvidados empezaron a pasear de un lado a otro, saliendo al exterior en forma de llanto. La lágrimas no tardaron en surcar mi cara, eso sí, con los párpados aún pegados unos con otros. Aún no terminaba de olvidar aquel día en que mis padres discutían sin parar, conmigo presente, llamándose de todo por alguna razón todavía desconocida para mí. Ni tampoco, bien raro que era, pero verdad, a mi antiguo profesor, el cual me sacó de una depresión de la que seguía aún sin poderme desprender. Todo fue gracias a él, y a la vez, por su culpa. El aprecio que sentía hacia mi ex profesor era inimaginable, y el hecho de no poder verle nunca más (no por el divorcio de mis parientes, sino porque él se fue para siempre a no sé dónde) me seguía destruyendo por dentro, aún muerta en vida. No había día que no me preguntara dónde podía estar.
-¿Te pasa algo?
-No, simplemente que revivo muchas cosas con esta sonata, y además, es demasiado bella.
-¿Sabes? Tienes buen gusto. Y sientes la música, se nota.
-La música el el aire que respiro y la sangre que corre por mis venas.
"La música es el aire que respiro y la sangre que corre por mis venas..." volví a repetir en mi mente. "...Por algo mi profesor era mucho más que música".
-¿Qué hora es?
-Las... cuatro menos cuarto.
-¿QUÉ? ¿YA ES TAN TARDE?
-Cuando te diviertes el tiempo pasa volando.
Y una sonrisa se dibujó en su cara.
-Dios mío... Me tengo que ir ya. Y corriendo, lo siento mucho, pero me dijo mi padre que a las dos y media tenía que estar en Picadilly Circus.
-¿Sabes dónde está la boca de metro?
-Sí, al otro extremo de la calle, ¿no?
-Ajá.
-Bueno, pues me voy, entonces. ¡Gracias por todo!
-A ti, joven.
A salir de la casa, aquel hombre me miró de una forma diferente, una mirada pícara y furtiva, como si, de repente, hubieran cambiado radicalmente sus intenciones. Muchas veces he llegado a plantearme ser tan curiosa.
Salí con muchísima prisa de ese lugar, y en poco tiempo alcancé la boca de metro.
Me hallaba en Oxford Circus, por tanto sólo tenía una parada hasta mi destino. Llegué a Picadilly Circus en cuestión de minutos. Cuando por fin encontré la salida a la calle mi padre ya no estaba entre la multitud. ¿Se había ido? ¿Le había pasado algo? ¿Por qué no estaba? Nada tenía respuesta, otra vez. No sabía qué hacer, apenas me acordaba de esa zona; sólo estuve una vez cuando vine con mis padres de vacaciones a Londres. Recuerdo que estuvimos en el Royal National Hotel de Russel Square.
Me paré un instante a mirar el letrero de Underground, y por un momento eché de menos los paseos otoñales por la Gran Vía. Entonces, entré de nuevo en el metro. Fui hasta Leicester Square. Tenía que cambiar de línea a Northem hasta Candem Town. Supuse que mi padre ya había regresado a casa.
domingo, 18 de septiembre de 2011
sábado, 17 de septiembre de 2011
Capítulo 1.
Caminando por la calle una mañana de otoño, observaba cómo las hojas morían en el suelo, marrones rojizas tras una lenta caída. Las destrozaba con mi caminar, oyendo un pequeño crujido. En mi imaginación eran sus últimas palabras. Mis hombros se encogían y mi cuello se deslizaba hacia abajo, haciéndome ver lo que pisaban mis pies. Los rayos de Sol caían como lágrimas en un lúgubre paisaje casi cubierto por las nubes. Una temerosa tormenta se avecinaba.
Los árboles me retiraban la mirada, al igual que la gente. Todo el mundo seguía su rutina como un día cualquiera. Llevaba una gabardina de cuero negra, que iba "limpiando" el suelo de tan larga que era. Mis ojos se hundían en la oscuridad de la luz. Nada tenía sentido, la cabeza me daba vueltas. No sabía qué me estaba pasando. Siempre sentía un nudo en el esófago, y muchas cosas con las que antes disfrutaba como una niña ahora me resultaban indiferentes. No tenía ganas de nada. Vagaba sin rumbo por lo que quedaba de calle, una cualquiera de Londres. Hacía mucho frío. Mis dedos se retorcían, recubiertos por unos guantes, también de cuero, por los bolsillos de la gabardina. Tenía la mirada perdida, aunque sabía que mis ojos buscaban algo. Y no sólo mis ojos. Aquel nudo que sentía no era por nada, estaba bien segura. Pero no había dado con la respuesta. Todo el mundo me escondía verdades, hasta yo. Y no entendía por qué. Mis labios, pintados de rojo pasión, se agrietaban con los soplidos del viento. Las típicas casas inglesas se podían diferenciar con sólo ver la fachada. Cada una, de un color. A lo lejos, divisé una que me llamó bastante la atención: tenía la fachada negra. Era algo bastante raro en el centro londinense, pues ahí, y menos en esa calle, había algo de ese color. Lo único triste éramos el paisaje y yo.
Aligeré el paso y me dirigí hacia esa casa tan peculiar. Al llegar, vi que no sólo era extraña por la fachada: estaba muy abandonada, y no se podía ver nada a través de las ventanas. Intrigada, llamé a la puerta, negra también. Estaba muy bien tallada, aunque desgastada, al parecer, por los años. Nadie respondió. Mi curiosidad empezó a salir a la luz, y no pude evitar llamar dos veces más. De repente, un chirriante sonido me indicó que la puerta se estaba abriendo, pero no me dijo que más tarde no sólo se abría aquella puerta.
-A la tercera va a la vencida.- Suspiré entre los chirridos.
Cuando vi qué escondían aquella puerta y aquella fachada, me quedé bastante extrañada, aunque también atónita. Era tan grande como lo podía ser una mansión. Había un piano de cola negro, y los sofás parecían del barroco. Las mesas que había estaban adornadas con bodegones y candelabros, y las lámparas eran de velas, a pesar de que la casa era muy luminosa. La puerta se cerró de golpe. Un hombre, que había salido de la nada, se acercó a mí con calma.
-¿Qué haces aquí, pequeña?-
-Curiosidad, simplemente, este hogar me ha llamado mucho la atención. Bonita casa, o mansión.
-Gracias. ¿Quieres tomar algo?-
-Pues, ya que estamos, sí. Gracias.
Aquel hombre tan extraño y yo nos dirigimos hacia un salón. Iba con unos pantalones negros, una camisa blanca y unos zapatos marrones. Su aspecto físico era algo normal, pero todo cambiaba si me fijaba en su forma de ser.
Aquel sitio tenía una chimenea, bastante inglesa, de hecho. Apenas se podían ver las paredes, pues estaba abarrotado de estanterías y libros. Nos sentamos en un sofá cada uno y empezamos a conversar.
-Y dime, ¿qué te trae por aquí, jovencita?-
-Hace poco que he venido a Londres, a casa de mi padre, concretamente, en Candem Town. Quería ver cómo eran las demás calles de esta cuidad.
-¿Cómo es que has venido tú sola, si no conoces Londres?-
-Paseo para perderme, no para encontrar nada. Además, sé inglés, puedo preguntar a alguien.
-Yo que tú no haría eso, aquí la gente es muy antipática. Te recomiendo que busques carteles o puestos de información, te será más útil.
-Gracias, pero prefiero hacer un poco el loco, que en mí no es nada raro.
-¿De dónde demonios has sacado tantos libros para llenar todos los estantes?-
-Verás, esta casa ha pasado de generación en generación, y con ella también todos estos libros. Es la más antigua de Londres.
-¿De todo Londres? ¡Wow! Entonces debe de ser un privilegio vivir aquí, ¿no?-
-No creas, todos los vecinos del barrio tienen una mala imagen de este lugar. Hace 20 años, un familiar mío que padecía esquizofrenia raptaba gente y la mataba en esta casa. Murió dos años después, dicen por frustración. Lo pasó muy mal en el manicomio. A pesar de todo, yo me siento afortunado de vivir aquí.
-Pero... ¿Tenía una sala de torturas, como el típico asesino?-
-No exactamente. Les mataba en su cuarto, aunque se puede decir que su cama servía para dormir y torturar. Desde aquel suceso no se ha vuelto a abrir la puerta que conduce a esa habitación.
-¿Y no te da miedo vivir en una casa que ha sido habitada por un asesino?-
-Hija, he vivido muchas cosas, y te aseguro que no es algo a lo que deba temer.
-¿Y vivías aquí con ese hombre?
-Bueno, estuve un tiempo, 2 años o así, pero en mi familia se supo antes su enfermedad y me trasladaron a vivir con mis tíos, al norte de Inglaterra.
-Y después... ¿Le volviste a ver?-
-No, vivo no.
-¿LE VISTE MUERTO?-
-En su funeral, los familiares pudieron ver el cadáver. Pero no era nada raro, parecía simplemente que estaba dormido.
-I'm only sleeping...
-¿Te gustan Los Beatles?-
-Sí, es mi grupo favorito, aunque mi padre y yo tenemos que visitar Abbey Road.
-Menos mal... Las juventudes de ahora ya no escuchan esas cosas.
-Lo sé, soy testigo todos los días. Yo siempre he sido de clásicos.
-¿Y la música clásica, te gusta?-
-Bastante, de hecho, aunque me queda mucho por conocer.
-¿Conoces Claro De Luna, de Beethoven?-
-Por supuesto, es de mis piezas favoritas.
-Yo toco el piano, y ésa es la que mejor me sé.
-¿Te importaría tocarla?-
-En absoluto.
Los árboles me retiraban la mirada, al igual que la gente. Todo el mundo seguía su rutina como un día cualquiera. Llevaba una gabardina de cuero negra, que iba "limpiando" el suelo de tan larga que era. Mis ojos se hundían en la oscuridad de la luz. Nada tenía sentido, la cabeza me daba vueltas. No sabía qué me estaba pasando. Siempre sentía un nudo en el esófago, y muchas cosas con las que antes disfrutaba como una niña ahora me resultaban indiferentes. No tenía ganas de nada. Vagaba sin rumbo por lo que quedaba de calle, una cualquiera de Londres. Hacía mucho frío. Mis dedos se retorcían, recubiertos por unos guantes, también de cuero, por los bolsillos de la gabardina. Tenía la mirada perdida, aunque sabía que mis ojos buscaban algo. Y no sólo mis ojos. Aquel nudo que sentía no era por nada, estaba bien segura. Pero no había dado con la respuesta. Todo el mundo me escondía verdades, hasta yo. Y no entendía por qué. Mis labios, pintados de rojo pasión, se agrietaban con los soplidos del viento. Las típicas casas inglesas se podían diferenciar con sólo ver la fachada. Cada una, de un color. A lo lejos, divisé una que me llamó bastante la atención: tenía la fachada negra. Era algo bastante raro en el centro londinense, pues ahí, y menos en esa calle, había algo de ese color. Lo único triste éramos el paisaje y yo.
Aligeré el paso y me dirigí hacia esa casa tan peculiar. Al llegar, vi que no sólo era extraña por la fachada: estaba muy abandonada, y no se podía ver nada a través de las ventanas. Intrigada, llamé a la puerta, negra también. Estaba muy bien tallada, aunque desgastada, al parecer, por los años. Nadie respondió. Mi curiosidad empezó a salir a la luz, y no pude evitar llamar dos veces más. De repente, un chirriante sonido me indicó que la puerta se estaba abriendo, pero no me dijo que más tarde no sólo se abría aquella puerta.
-A la tercera va a la vencida.- Suspiré entre los chirridos.
Cuando vi qué escondían aquella puerta y aquella fachada, me quedé bastante extrañada, aunque también atónita. Era tan grande como lo podía ser una mansión. Había un piano de cola negro, y los sofás parecían del barroco. Las mesas que había estaban adornadas con bodegones y candelabros, y las lámparas eran de velas, a pesar de que la casa era muy luminosa. La puerta se cerró de golpe. Un hombre, que había salido de la nada, se acercó a mí con calma.
-¿Qué haces aquí, pequeña?-
-Curiosidad, simplemente, este hogar me ha llamado mucho la atención. Bonita casa, o mansión.
-Gracias. ¿Quieres tomar algo?-
-Pues, ya que estamos, sí. Gracias.
Aquel hombre tan extraño y yo nos dirigimos hacia un salón. Iba con unos pantalones negros, una camisa blanca y unos zapatos marrones. Su aspecto físico era algo normal, pero todo cambiaba si me fijaba en su forma de ser.
Aquel sitio tenía una chimenea, bastante inglesa, de hecho. Apenas se podían ver las paredes, pues estaba abarrotado de estanterías y libros. Nos sentamos en un sofá cada uno y empezamos a conversar.
-Y dime, ¿qué te trae por aquí, jovencita?-
-Hace poco que he venido a Londres, a casa de mi padre, concretamente, en Candem Town. Quería ver cómo eran las demás calles de esta cuidad.
-¿Cómo es que has venido tú sola, si no conoces Londres?-
-Paseo para perderme, no para encontrar nada. Además, sé inglés, puedo preguntar a alguien.
-Yo que tú no haría eso, aquí la gente es muy antipática. Te recomiendo que busques carteles o puestos de información, te será más útil.
-Gracias, pero prefiero hacer un poco el loco, que en mí no es nada raro.
-¿De dónde demonios has sacado tantos libros para llenar todos los estantes?-
-Verás, esta casa ha pasado de generación en generación, y con ella también todos estos libros. Es la más antigua de Londres.
-¿De todo Londres? ¡Wow! Entonces debe de ser un privilegio vivir aquí, ¿no?-
-No creas, todos los vecinos del barrio tienen una mala imagen de este lugar. Hace 20 años, un familiar mío que padecía esquizofrenia raptaba gente y la mataba en esta casa. Murió dos años después, dicen por frustración. Lo pasó muy mal en el manicomio. A pesar de todo, yo me siento afortunado de vivir aquí.
-Pero... ¿Tenía una sala de torturas, como el típico asesino?-
-No exactamente. Les mataba en su cuarto, aunque se puede decir que su cama servía para dormir y torturar. Desde aquel suceso no se ha vuelto a abrir la puerta que conduce a esa habitación.
-¿Y no te da miedo vivir en una casa que ha sido habitada por un asesino?-
-Hija, he vivido muchas cosas, y te aseguro que no es algo a lo que deba temer.
-¿Y vivías aquí con ese hombre?
-Bueno, estuve un tiempo, 2 años o así, pero en mi familia se supo antes su enfermedad y me trasladaron a vivir con mis tíos, al norte de Inglaterra.
-Y después... ¿Le volviste a ver?-
-No, vivo no.
-¿LE VISTE MUERTO?-
-En su funeral, los familiares pudieron ver el cadáver. Pero no era nada raro, parecía simplemente que estaba dormido.
-I'm only sleeping...
-¿Te gustan Los Beatles?-
-Sí, es mi grupo favorito, aunque mi padre y yo tenemos que visitar Abbey Road.
-Menos mal... Las juventudes de ahora ya no escuchan esas cosas.
-Lo sé, soy testigo todos los días. Yo siempre he sido de clásicos.
-¿Y la música clásica, te gusta?-
-Bastante, de hecho, aunque me queda mucho por conocer.
-¿Conoces Claro De Luna, de Beethoven?-
-Por supuesto, es de mis piezas favoritas.
-Yo toco el piano, y ésa es la que mejor me sé.
-¿Te importaría tocarla?-
-En absoluto.
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