domingo, 18 de septiembre de 2011

Capítulo 2.

Con las lágrimas en los ojos, aquel hombre y yo terminamos de escuchar esa bellísima pieza.
-Bueno, ¿te ha gustado?
-¿Que si me ha gustado? Muchísimo. En serio, tienes algo que... no sé, no todo el mundo puede plasmar en unas teclas de piano.
-¿De verdad? ¿El qué?
-Pues no sé cómo denominarlo, pero conmutas tu alma por un conjunto de esquemas armónicos y melódicos, y sacas a la luz todos tus sentimientos. Estoy segura de que si la vuelves a tocar no suena de la misma manera.
-Creo que tú también serás pianista.
-¿Yo? Ojalá, ojalá. Todo un poco el piano y la guitarra, pero sólo un poco.
-Enséñame lo que sabes de piano.
-Vale, pero yo que tú me taparía los oídos; toco fatal.


Y, muy nerviosa, me senté en aquella banqueta para piano y comencé a tocar Für Elise (Paraelisa de Beethoven). Mis manos se movían instintivamente; el camino de notas era el de siempre. Mis ojos se cerraron rápidamente, y la música empezó a fluir por toda la casa. En mi cabeza o mi corazón, los recuerdos olvidados empezaron a pasear de un lado a otro, saliendo al exterior en forma de llanto. La lágrimas no tardaron en surcar mi cara, eso sí, con los párpados aún pegados unos con otros. Aún no terminaba de olvidar aquel día en que mis padres discutían sin parar, conmigo presente, llamándose de todo por alguna razón todavía desconocida para mí. Ni tampoco, bien raro que era, pero verdad, a mi antiguo profesor, el cual me sacó de una depresión de la que seguía aún sin poderme desprender. Todo fue gracias a él, y a la vez, por su culpa. El aprecio que sentía hacia mi ex profesor era inimaginable, y el hecho de no poder verle nunca más (no por el divorcio de mis parientes, sino porque él se fue para siempre a no sé dónde) me seguía destruyendo por dentro, aún muerta en vida. No había día que no me preguntara dónde podía estar.
-¿Te pasa algo?
-No, simplemente que revivo muchas cosas con esta sonata, y además, es demasiado bella.
-¿Sabes? Tienes buen gusto. Y sientes la música, se nota.
-La música el el aire que respiro y la sangre que corre por mis venas.


"La música es el aire que respiro y la sangre que corre por mis venas..." volví a repetir en mi mente. "...Por algo mi profesor era mucho más que música".
-¿Qué hora es?
-Las... cuatro menos cuarto.
-¿QUÉ? ¿YA ES TAN TARDE?
-Cuando te diviertes el tiempo pasa volando.


Y una sonrisa se dibujó en su cara.
-Dios mío... Me tengo que ir ya. Y corriendo, lo siento mucho, pero me dijo mi padre que a las dos y media tenía que estar en Picadilly Circus.
-¿Sabes dónde está la boca de metro?
-Sí, al otro extremo de la calle, ¿no?
-Ajá.
-Bueno, pues me voy, entonces. ¡Gracias por todo!
-A ti, joven.


A salir de la casa, aquel hombre me miró de una forma diferente, una mirada pícara y furtiva, como si, de repente, hubieran cambiado radicalmente sus intenciones. Muchas veces he llegado a plantearme ser tan curiosa.
Salí con muchísima prisa de ese lugar, y en poco tiempo alcancé la boca de metro.
Me hallaba en Oxford Circus, por tanto sólo tenía una parada hasta mi destino. Llegué a Picadilly Circus en cuestión de minutos. Cuando por fin encontré la salida a la calle mi padre ya no estaba entre la multitud. ¿Se había ido? ¿Le había pasado algo? ¿Por qué no estaba? Nada tenía respuesta, otra vez. No sabía qué hacer, apenas me acordaba de esa zona; sólo estuve una vez cuando vine con mis padres de vacaciones a Londres. Recuerdo que estuvimos en el Royal National Hotel de Russel Square.
Me paré un instante a mirar el letrero de Underground, y por un momento eché de menos los paseos otoñales por la Gran Vía. Entonces, entré de nuevo en el metro. Fui hasta Leicester Square. Tenía que cambiar de línea a Northem hasta Candem Town. Supuse que mi padre ya había regresado a casa.

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