Volvía a casa. La imagen de aquel chico se me había ido de la cabeza, y
no paraba de darle vueltas a todo lo que había visto en aquel bar. Mis padres
hablando, sin inmutarse. ¿Por qué no me habían avisado? ¿No se supone que no se
querían ver las caras? No paraba de decirme preguntas como esas. Lo único
que sabía -fue una pequeña deducción- era que el dejarme de escribir mi madre
tenía que ver con su estancia actual en Londres. Pero no conseguía rellenar todos
aquellos huecos que habían quedado en blanco.
El frío dominaba en cada esquina, y el único ruido provenía de los bares, como siempre. Los guantes de cuero no me aislaban del frío, y mis dedos se estaban empezando a convertir en cubitos de hielo deformes. Las hojas crujían al son de mis pasos. El Sol, tan apagado como siempre. Y yo, tan apagada como el Sol. Las dudas me estaban comiendo la cabeza, y ya no tenía tiempo ni para soñar. Andaba de forma instintiva, como si recorriera ese camino todos los días; mis piernas se movían solas. Sin embargo, mi cabeza estaba sumergida en una nube de preguntas, y no conseguía hallar la forma de quedarme en tierra.
No encontraba las llaves. Creía que las tenía en uno de los miles de bolsillos interiores de la gabardina, pero no. Ahí estaba yo: Sentada en la puerta de mi casa, muerta de frío, esperando a que llegara mi padre (o mis padres, a saber), tras una borrachera, e intentara torpemente encontrar las llaves de casa y abrir, por fin, la puerta. Con más frío que desesperación en el cuerpo, mire debajo del celpudo.
-¡Bien!- Grité.
Ahí estaban. Escondidas. Me hice con ellas y abrí la puerta. Por fin. En casa. Lo único que no había cambiado era el silencio. Dejé las cosas en un sitio cualquiera y me dirigí corriendo a mi cuarto. Encendí el ordenador. Necesitaba escribir un poco y mirar el correo. Me llené de intriga al ver que el único mensaje sin abrir que tenía era de mi madre.
De: Marie Larkin
Para: Rachel Larkin
Asunto: ¡Perdona por no escribirte!
Querida Rachel:
-Sé que he estado mucho tiempo sin escribirte. Y lo siento, de verdad, pero tu madre ha estado muy ocupada.He tenido que hacer muchos asuntos de trabajo, y no he tenido tiempo para ver el correo. Espero que me comprendas.
Te quiero, escríbeme: Mamá.
Furiosa tras ver la hipocresía de mi propia madre, no tarde en darle a la tecla responder y comenzar a escribir un nuevo correo.
De: Rachel Larkin
Para: Marie Larkin
Asunto: ¿¡Qué te pasa!?
Mamá:
¿Se puede saber por qué has estado tanto tiempo sin escribir? Ya, vale, motivos de trabajo, sí. Pero pido una explicación más concreta, que a mis casi 16 años creo que tengo suficiente cabeza como para entender las cosas. ¡Me has tenido muy preocupada!
Por cierto, quería comentarte una cosa sobre papá. Sé que no os habláis pero... igualmente es mi padre, y me veo con la necesidad de contártelo. Últimamente va mucho a un bar del barrio, y siempre regresa borracho. Me tiene hundida, de verdad. ¡Antes no era así! ¿Qué le ha pasado? He querido hablar con él, pero no me deja decirle nada, siempre me mete esos rollos de "soy mayor y hago lo que me da la gana, es mi vida, tú no mandas en ella..." y se mete en su burbuja de alcohol... Mamá, no sé qué hacer, pero quiero que papá vuelva a ser el mismo.
Otra cosa, ¿cuándo te vas a pasar por Londres? ¡Quiero verte!
Te echo mucho de menos, escribe: Rachel.
Y pulsé enviar. Al empezar a escribir la carta supe que sería mejor hacerse un poco la tonta respecto a lo ocurrido en ese bar, e ir descubriendo la verdad "por mi cuenta".
Por otro lado, tenía que planificar qué quería hacer durante mi cumpleaños, pues apenas quedaban unos días y sólo sabía que iba a quedar con Rupert. Quería que todo saliera perfecto, aunque la perfección no exista. Quería poder olvidarme de todo, de todo menos de él, aunque fuera sólo por un día. Quería poder disfrutar de mí, vivir cada segundo sin tener que esperar que pase algo, quería ser libre, feliz como una niña pequeña. Quería regresar a esos amoríos típicos de los niños pequeños, en los cuales no importa nada más que esas miradas, y esos besos vergonzosos y sinceros. Y todo eso en un sólo día. ¿No sería mucho? ¿Estaba pidiendo cosas que jamás podría tener, al menos a la vez? ¿Qué pensaría Rupert de todo esto? Era la primera persona en mi vida que me inspiraba amistad y confianza desde el primer instante. Y ahora era algo que necesitaba mucho.
Por otra parte estaba aquel señor, y aquella casa que visité. Algo me decía que debía ir allí, pero no sabía ni cómo ni por qué. Ese señor me dio una tímida confianza que no la conseguiría con cualquier persona, aunque también miedo. Miedo a tener una apariencia falsa respecto a quien pudiera ser en realidad.
De repente me acordé de que en uno de los papeles que ojeé mientras los recogía del suelo cuando éstos se le cayeron a Robert había escritos un número de teléfono y una dirección de correo electrónico. Deduje que la dirección tenía que ser de él, pues contenía información que me permitía saber de quién era, como por ejemplo su nombre, y su año de nacimiento. O por lo menos ponía 1992.
-18 años... Morrudo.- Suspiré dándome cuenta de la suerte que tenía aquel chico.
Decidí agregarle a mi lista de contactos, teniendo la esperanza de no equivocarme.
Del número de móvil apenas me acordaba, así que preferí no hacer inventos por si las moscas. Al minuto, me salió una ventana de alguien que me saludaba. En cuanto supe de quién se trataba no tardé en contestar.
-¡Hola! ¿Cómo tienes mi correo electrónico?
-Bueno, cuando se te cayeron las hojas al suelo ojeé una de ellas y... al verlo deduje que eras tú. Así que, como has podido ver, te he agregado. Perdona por ser tan cotilla.
-¡No pasa nada, mujer! Bueno, ¿qué tal el día?
-Bien, aunque un poco aburrido. ¿Y el tuyo?
-Muy ajetreado, he ido a llevar mi currículo a un sitio, me he perdido... Estoy muy cansado.
-Pues yo también, aunque psicológicamente. ¿Sabes? Me gustaría verte, y hablar contigo, pero en persona, claro está.
-Pues por mí no hay problema, encantado. ¿Dónde nos vemos? A, perdona. Voy a buscarte a tu casa, ¿no?
-Sí, mejor, que ya te dije que no me manejo por Londres. ¿Te apetece que nos quedemos dentro?
-Sí, por favor, que fuera hace mucho frío.
-Bueno, pues... ¿Vienes ya?
-Sí, ahora mismo.
-Aquí te espero, guapo.
-Venga, hasta ahora, un beso, tardo cinco minutos, Rachel.
-Adiós, besos.
Cerré el correo. Estaba ansiosa. Ese chico me había quitado por completo la imagen de aquel profesor, y en un momento. Él y yo solos. Iba a ser genial. Así que apagué el ordenador y fui al salón, donde me dediqué a esperar esos cinco minutos hasta que Rupert llegara.
El frío dominaba en cada esquina, y el único ruido provenía de los bares, como siempre. Los guantes de cuero no me aislaban del frío, y mis dedos se estaban empezando a convertir en cubitos de hielo deformes. Las hojas crujían al son de mis pasos. El Sol, tan apagado como siempre. Y yo, tan apagada como el Sol. Las dudas me estaban comiendo la cabeza, y ya no tenía tiempo ni para soñar. Andaba de forma instintiva, como si recorriera ese camino todos los días; mis piernas se movían solas. Sin embargo, mi cabeza estaba sumergida en una nube de preguntas, y no conseguía hallar la forma de quedarme en tierra.
No encontraba las llaves. Creía que las tenía en uno de los miles de bolsillos interiores de la gabardina, pero no. Ahí estaba yo: Sentada en la puerta de mi casa, muerta de frío, esperando a que llegara mi padre (o mis padres, a saber), tras una borrachera, e intentara torpemente encontrar las llaves de casa y abrir, por fin, la puerta. Con más frío que desesperación en el cuerpo, mire debajo del celpudo.
-¡Bien!- Grité.
Ahí estaban. Escondidas. Me hice con ellas y abrí la puerta. Por fin. En casa. Lo único que no había cambiado era el silencio. Dejé las cosas en un sitio cualquiera y me dirigí corriendo a mi cuarto. Encendí el ordenador. Necesitaba escribir un poco y mirar el correo. Me llené de intriga al ver que el único mensaje sin abrir que tenía era de mi madre.
De: Marie Larkin
Para: Rachel Larkin
Asunto: ¡Perdona por no escribirte!
Querida Rachel:
-Sé que he estado mucho tiempo sin escribirte. Y lo siento, de verdad, pero tu madre ha estado muy ocupada.He tenido que hacer muchos asuntos de trabajo, y no he tenido tiempo para ver el correo. Espero que me comprendas.
Te quiero, escríbeme: Mamá.
Furiosa tras ver la hipocresía de mi propia madre, no tarde en darle a la tecla responder y comenzar a escribir un nuevo correo.
De: Rachel Larkin
Para: Marie Larkin
Asunto: ¿¡Qué te pasa!?
Mamá:
¿Se puede saber por qué has estado tanto tiempo sin escribir? Ya, vale, motivos de trabajo, sí. Pero pido una explicación más concreta, que a mis casi 16 años creo que tengo suficiente cabeza como para entender las cosas. ¡Me has tenido muy preocupada!
Por cierto, quería comentarte una cosa sobre papá. Sé que no os habláis pero... igualmente es mi padre, y me veo con la necesidad de contártelo. Últimamente va mucho a un bar del barrio, y siempre regresa borracho. Me tiene hundida, de verdad. ¡Antes no era así! ¿Qué le ha pasado? He querido hablar con él, pero no me deja decirle nada, siempre me mete esos rollos de "soy mayor y hago lo que me da la gana, es mi vida, tú no mandas en ella..." y se mete en su burbuja de alcohol... Mamá, no sé qué hacer, pero quiero que papá vuelva a ser el mismo.
Otra cosa, ¿cuándo te vas a pasar por Londres? ¡Quiero verte!
Te echo mucho de menos, escribe: Rachel.
Y pulsé enviar. Al empezar a escribir la carta supe que sería mejor hacerse un poco la tonta respecto a lo ocurrido en ese bar, e ir descubriendo la verdad "por mi cuenta".
Por otro lado, tenía que planificar qué quería hacer durante mi cumpleaños, pues apenas quedaban unos días y sólo sabía que iba a quedar con Rupert. Quería que todo saliera perfecto, aunque la perfección no exista. Quería poder olvidarme de todo, de todo menos de él, aunque fuera sólo por un día. Quería poder disfrutar de mí, vivir cada segundo sin tener que esperar que pase algo, quería ser libre, feliz como una niña pequeña. Quería regresar a esos amoríos típicos de los niños pequeños, en los cuales no importa nada más que esas miradas, y esos besos vergonzosos y sinceros. Y todo eso en un sólo día. ¿No sería mucho? ¿Estaba pidiendo cosas que jamás podría tener, al menos a la vez? ¿Qué pensaría Rupert de todo esto? Era la primera persona en mi vida que me inspiraba amistad y confianza desde el primer instante. Y ahora era algo que necesitaba mucho.
Por otra parte estaba aquel señor, y aquella casa que visité. Algo me decía que debía ir allí, pero no sabía ni cómo ni por qué. Ese señor me dio una tímida confianza que no la conseguiría con cualquier persona, aunque también miedo. Miedo a tener una apariencia falsa respecto a quien pudiera ser en realidad.
De repente me acordé de que en uno de los papeles que ojeé mientras los recogía del suelo cuando éstos se le cayeron a Robert había escritos un número de teléfono y una dirección de correo electrónico. Deduje que la dirección tenía que ser de él, pues contenía información que me permitía saber de quién era, como por ejemplo su nombre, y su año de nacimiento. O por lo menos ponía 1992.
-18 años... Morrudo.- Suspiré dándome cuenta de la suerte que tenía aquel chico.
Decidí agregarle a mi lista de contactos, teniendo la esperanza de no equivocarme.
Del número de móvil apenas me acordaba, así que preferí no hacer inventos por si las moscas. Al minuto, me salió una ventana de alguien que me saludaba. En cuanto supe de quién se trataba no tardé en contestar.
-¡Hola! ¿Cómo tienes mi correo electrónico?
-Bueno, cuando se te cayeron las hojas al suelo ojeé una de ellas y... al verlo deduje que eras tú. Así que, como has podido ver, te he agregado. Perdona por ser tan cotilla.
-¡No pasa nada, mujer! Bueno, ¿qué tal el día?
-Bien, aunque un poco aburrido. ¿Y el tuyo?
-Muy ajetreado, he ido a llevar mi currículo a un sitio, me he perdido... Estoy muy cansado.
-Pues yo también, aunque psicológicamente. ¿Sabes? Me gustaría verte, y hablar contigo, pero en persona, claro está.
-Pues por mí no hay problema, encantado. ¿Dónde nos vemos? A, perdona. Voy a buscarte a tu casa, ¿no?
-Sí, mejor, que ya te dije que no me manejo por Londres. ¿Te apetece que nos quedemos dentro?
-Sí, por favor, que fuera hace mucho frío.
-Bueno, pues... ¿Vienes ya?
-Sí, ahora mismo.
-Aquí te espero, guapo.
-Venga, hasta ahora, un beso, tardo cinco minutos, Rachel.
-Adiós, besos.
Cerré el correo. Estaba ansiosa. Ese chico me había quitado por completo la imagen de aquel profesor, y en un momento. Él y yo solos. Iba a ser genial. Así que apagué el ordenador y fui al salón, donde me dediqué a esperar esos cinco minutos hasta que Rupert llegara.
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